Puedo decir mucho de Martí

“Mi libro favorito es La Edad de Oro. Sus historias son de pueblos antiguos, de héroes que lucharon por la libertad de América. Ahí está escrito los zapaticos de rosa; Pilar es una niña rica que va a la playa con su mamá…” recitó de memoria la pequeña cuando solo le pregunté qué conoce de Martí.

 Ahora están todos en la formación. Alineados por orden de tamaño. La plaza es un mar de pañoletas azules y rojas sobre cuerpos pequeños que llegaron con flores, de la mano de los padres, minutos antes del sonido final de la campana. En la entrada de la escuela, parada sobre un cajón de madera estaba Chabely, una pionerita de cuarto grado que va armando un ramillete con las flores de sus compañeros.

Dijo que los viernes hacen un matutino especial, canta el coro, retocan los sucesos de la semana, las efemérides. Y que siempre le dedican un tiempo especial a algún pasaje martiano. Hoy recita ella una poesía. No es su primera vez, pero se le ve nerviosa.

“Mi libro favorito es La Edad de Oro. Sus historias son de pueblos antiguos, de héroes que lucharon por la libertad de América. Ahí está escrito los zapaticos de rosa; Pilar es una niña rica que va a la playa con su mamá. En la playa hay una parte para los ricos y otra para los pobres… ella quería conocer a los otros niños, a los pobres, su mamá le da permiso y ella regresa cuando el sol se ponía. Sin zapatos. Viene preguntándose porque hay niños que tenían zapatos y otros no. Por eso, a la niña enferma que conoció le regaló sus zapatos. Para que fuera feliz porque los niños son la esperanza del mundo”, recitó de memoria la pequeña cuando solo le pregunté qué conoce de Martí.  Después explicó con sus palabritas cortas que Martí sabía si los niños eran estudiosos, educados o sinceros. Que era capaz de advertir si llegarían a ser hombres de bien que ayudarán a hacer del mundo un lugar más feliz. Dijo que podía decir mucho pero se tenía que ir. Su maestra la esperaba detrás …

Le sujeté las flores. Ella bajó de un salto al suelo firme. Subí yo tras ella las escaleras del pasillo. Me senté a su lado y le estreché sus manos. -Todo estará bien- susurró en mi oído.

Luego la vi en la plaza declamando y volví mi cabeza para que no viera mis lágrimas. Hace nueve años atrás yo temblaba también.

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