Lo bueno no pasa, pero es menester preservarlo

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La música cubana,  auténtica reconocida durante todas las épocas, por su virtuosismo, cuenta con el legado de importantes compositores e intérpretes que han marcado un sello especial en esa manera sublime de hacer arte.

Hasta nuestros días llega la impronta de Barbarito Diez, Benny Moré, Elena Burke, Joseito Fernández, Ñico Saquito, Enrique Jorrín, por solo citar a algunos, aunque la lista es numerosa. 

Alegra sobremanera conocer de compositores de otros tiempos que dejaron para la eternidad las más hermosas melodías, jóvenes talentosos que inscriben en sus textos poesía en unos casos, picardías en otros, pero textos que prestigian también la creación musical. 

Sin embargo, porque  siempre hay excepciones, existen algunos cuyo mediano ingenio lejos de prestigiar la música la enlutan al poner sobre ella las más irreverentes letras, que ajenas a la sensibilidad se inscriben en el latón de la grosería y la vulgaridad. 

Apena, reconocer como una parte de la sociedad, jóvenes en su mayoría siguen la ruta de esa música, repiten sus letras, cuyo vacío grotesco deja el peor de los ruidos. 

Por nuestras calles, en San José de las Lajas, difusores a toda prueba son algunos conductores de bici taxis que obligan a la escucha de temas inválidos de estética y de esa sustancia que revela la más excelsa creación. 

Creo que no solo los medios de comunicación masiva, también valdría la pena que la enseñanza asumiera en algunos de sus niveles el conocimiento de nuestra música, de los valores de la misma y de sus exponentes; porque consterna después el desconocimiento de los educandos,  ante un tribunal que evalúa la aspirantura a una carrera. 

La belleza de canciones tan emblemáticas como Veinte años, Noche cubana, Longina, Perla Marina, Pensamiento,  La Bayamesa, Suavecito, Échale Salsita, La gloria eres tú, La engañadora, Castellanos, Te Amaré, Yolanda, De qué callada manera, La era está pariendo un corazón, saludan la luz de la creación. 

Lástima que otras solo se apeguen a la oscuridad de la más cruda ignorancia y se aposenten en el facilismo y la vulgaridad, sustentados por una mediocre concepción de que imponerse es a cualquier precio y no con la valía de lo realmente bueno.

En fin somos conscientes que lo bueno no pasa, se queda siempre, pero eso tan solo no basta, urge despertar en las nuevas generaciones el conocimiento y respeto por el legado musical con que contamos, esa es una riqueza a la que no debemos renunciar.

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