La historicidad del 9 de abril

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La huelga general revolucionaria estuvo siempre en la concepción estratégica de la lucha armada contra la tiranía. En su alegato de autodefensa La Historia me Absolverá, Fidel hablaba de llamar al pueblo al combate si el cuartel Moncada caía en manos de los jóvenes asaltantes. La cuestión estaba, entonces, en determinar el momento justo de convocarla.

Para los primeros días de marzo de 1958, el Ejército Rebelde extendió su radio de acción con la apertura del Segundo y Tercer frentes, al mando de los comandantes Raúl Castro y Juan Almeida. La Sierra Maestra tenía en su bitácora razones de optimismo, y sin embargo, el Comandante en Jefe no creía que las condiciones para el triunfo inmediato hubieran madurado.

No debe de haber sido fácil la reunión de El Naranjo en los primeros días de marzo de 1958, donde la Dirección del Movimiento 26 de Julio en el llano defendía el criterio de hacer la huelga. Prevalecía un principio casi universal de que las revoluciones se hacen con el ejército o sin el ejército, pero nunca contra el ejército.

En el pensamiento de mucha gente bien intencionada, valerosa y revolucionaria –que nadie lo dude—persistía la idea de un golpe militar, asociado con la acción guerrillera en las montañas y de los combatientes clandestinos en las ciudades.

Aquel reclamo de creación heroica de Mariátegui, bien tendría un sitio en el pensamiento militar de Fidel. Le resultaba difícil a la dirección de la clandestinidad, la posibilidad de concebir una fuerza militar capaz de derrotar a un enemigo poderoso, suministrado, asesorado, e informado por los Estados Unidos.

En términos numéricos, la desproporción era colosal. ¿Cómo imaginar que 200 ó 300 hombres no suficientemente armados, ni debidamente alimentados ni avituallados, sin formación académica en el arte de la guerra, serían capaces de vencer a una ofensiva de diez mil, y desarticular a unas fuerzas armadas de decenas de miles?

 Claro que la Sierra Maestra era un gran problema para Batista. Eso lo sabía todo el mundo. Pero la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio la veía como una chispa de alto valor. De acuerdo con esa concepción, el incendio estallaría necesariamente en otras partes.

Cada día que pasaba, significaba una nueva y dolorosa cuota de sangre. Resulta aún entendible la premura de tanta gente en la clandestinidad, expuesta a un stress sin nombre, por preservar la mayor cantidad de vidas. Pero la verdad es que las revoluciones no pueden ser sietemesinas, aunque cada quien siempre tiene su propia cuenta para ese parto prodigioso. Y ante las seguridades recibidas, y en función de la unidad indispensable, Fidel suscribió la convocatoria. Y consecuentemente con la epopeya de los compañeros del llano, ordenó importantes acciones militares en todos los frentes del Ejército Rebelde.

La Huelga del 9 de abril fue uno de los reveses más duros de los revolucionarios en la última etapa insurreccional. En muchos lugares del país, especialmente en Sagua la Grande, se escribieron páginas dignas de cualquier gesta clásica de la historia humana. Cayeron muchos, muchísimos jóvenes, cuadros destacados, promesas de la construcción de una patria nueva. El 16 de abril, el Comandante en Jefe compareció ante los micrófonos de Radio Rebelde para explicar las causas del fracaso.

En la reunión del 5 de mayo de la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio en Altos de Mompié, Fidel asumió la dirección política y militar de la insurrección. La derrota momentánea se interpretó en el alto mando batistiano como la mejor oportunidad para sofocar a la Revolución. A fines de mayo, comenzaría efectivamente la gran ofensiva de la tiranía (la Operación FF, Fase Final o Fin de Fidel), y la extraordinaria resistencia del Ejército Rebelde que –como se ha dicho más de una vez—le rompió el espinazo a la dictadura.

La Huelga del 9 de abril y los acontecimientos posteriores, refrendaron un contenido esencial de la cultura de la emancipación: la capacidad de los revolucionarios cubanos de levantarse ante cualquier golpe o adversidad.

 

 

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