Hay mucha gente linda por ahí (II)

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Desde su llegada del brazo, de quien supe después era su hijo, María, una anciana de más de 70 años, cara triste, cabello totalmente blanco y mirada nublada se convirtió en la persona  que más atrajo mi atención durante mi participación en la Misión Milagro.

Cabizbaja y pensativa la percibía cada momento, me acerqué a ella con  instinto maternal y supe de sus ganas de vivir  y  que veía esta posibilidad como el último recurso  para devolver a sus ojos el sol oculto desde hacía muchos años atrás.

María me contó que tenía varios hijos, nietos y sueños, de su vida pasada, de cómo le gustaría dejar de ver bultos en vez del rostro de las personas y con poca fe, esperaba ser operada, algo que su condiciones económicas le impidieron hacer en su país.

 Me comentó además de las vicisitudes vividas y de cuánto se había perdido desde que la oscuridad se apoderó de sus ojos, de su tristeza por  no poder ser útil a pesar de su fortaleza y supe cuán lacerante era para ella la noche impuesta, mientras me  mostraba sus manos robustas todavía y unas tremendas ganas de hacer.

Se me hizo un hábito acariciar sus cabellos, mientras conversábamos de ella y de mí durante  horas.  A menudo me preguntaba si era linda,  a lo que respondía con una frase jocosa para evadir la respuesta.

En pocos días María fue intervenida quirúrgicamente y yo no estaba cuando regresó del hospital, no vi cuando le retiraron el parche y me perdí sus primeras emociones, poco después subí hasta su aposento y la encontré caminando en el pasillo, le bastó escuchar mi voz para reconocerme e inmediatamente me abrazó, mientras entre sollozos repetía “tenías que ser linda, yo sabía  que eras linda”.

Superado el momento de las emociones comprobé que con María  había obrado más de un Milagro el de devolverle la visión y el de  plasmar en su rostro una expresión de felicidad casi de forma  permanente desde ese  momento.

 Yo aprendí a quererla y estoy segura de que ese cariño resultó recíproco, hasta hoy logro conservar en la memoria esa sonrisa a cantaros regalada como símbolo también de agradecimiento.

A María la escuché decir  del médico, la enfermera, la asistente de dormitorio, la de servicio y de cada compañera que la ayudaba  lo linda o lindo que eran y finalmente  me confesó: “son bellos  todos los cubanos, son dulces, agradables”, acotaba y sí, María tenía razón en Cuba hay mucha gente linda por ahí.

Memorias de la Misión Milagro

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