Ese mal que tanto duele

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En reiteradas ocasiones  he percibido la conducta inapropiada o grosera de algunos;  estudiantes que usan inadecuadamente el uniforme escolar y utilizan palabras inapropiadas con el más elevado tono de voz, adultos que no toman en cuenta los límites en la educación de sus descendientes y de alguna manera son partícipes de esas irreverencias.

Es lamentable escuchar el lenguaje chabacano y agresivo que no aporta nada a nuestra lengua castellana sino que la degrada y tal parece que esa manifestación está de moda;  ante estas realidades me pregunto, ¿será que en nuestra sociedad  se han perdido los buenos modales?                                   

Considero que no  están desaparecidos, pues también habitan en este terruño los que respetan, hablan correctamente y son disciplinados, pero duele tener que hacer esta salvedad, porque  es un mal que existe. 

La degradación  de valores no solo atañe a los jóvenes, también adultos laceran el buen decir y el buen actuar con modales descompuestos que afectan  instalaciones públicas, las relaciones interpersonales en la vida hogareña, el cuidado de la propiedad social, el respeto a los semejantes  y  el cuidado del medio ambiente. 

El problema existe y en él influyen  diversos factores, en el que la educación de cuna, la responsabilidad de la familia y la escuela resultan esenciales en la formación del educando y cuando uno de esos eslabones  falla  las consecuencias son lamentables. 

Si la acción individual y colectiva se calza con conciencia y cada cual  examina su proceder en la sociedad y asume  la disposición de aprender y cambiar, estoy segura que es posible rescatar los modales que tanto bien aportan. 

Nuestra sociedad posee las mayores condiciones para erradicar ese mal que tanto duele, porque duele escuchar la grosería, ver el irrespeto, el descuido;  ante ello se erige  la revolución educacional con una gama de oportunidades como la universalización de la enseñanza, los programas educativos vía audiovisual y la educación masiva gratuita que ha soportado durante más de 50 años el férreo bloqueo que aún nos azota. 

Soy soñadora y creo como el más universal de los cubanos, José Martí, en la utilidad de la virtud, en el mejoramiento humano y en la vida futura.

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