El peligro de millones de infantes en el planeta no incluye a Cuba (+Fotos)

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El Fondo de la ONU para la Infancia (Unicef) ha alertado del “panorama desolador” que se prevé para 2030 si no cambian las tendencias actuales, pues para esa fecha se calcula que 69 millones de niños morirán debido a causas evitables, 167 millones de infantes vivirán en la pobreza y 750 millones de mujeres se habrán casado siendo aún menores.

Ernesto mi vecino tiene 7 años de edad.  Es un niño como otro de cualquier parte de mi país, Cuba, le encanta jugar, presta especial atención al estudio, le gusta la lectura, es ágil en matemática y aunque tiene que mejorar la ortografía su mano zurda afianza una bonita caligrafía.

Ernesto llegó hace unos días a mi casa más feliz que de costumbre porque había alcanzado en sus exámenes finales
muy buenas calificaciones y sus ojitos de niño travieso hablaban por sí solos, bastaba con mirarle para saber de su alegría, ahora dos meses para vacacionar, para ir a la playa, al zoológico, a pasear le dije, y su respuesta no dejó de sorprenderme: Sí, también para leer, ver documentales y seguir con el repentismo.

Los planes de Ernesto para sus vacaciones son similares a los de millones de niños y niñas de la mayor de las Antillas, que tras el curso escolar pueden emplear el tiempo en el sano disfrute de las diferentes opciones que garantiza cada territorio para esta etapa veraniega y vacacional; realidad bien diferente en otras partes del planeta, donde los menores desprovistos de los más elementales derechos, pierden hasta la sonrisa.

Un reciente informe de la UNICEF revela que unos 124 millones de menores no acceden a la enseñanza primaria o secundaria, y casi dos de cada cinco alumnos que terminan la escuela elemental no han aprendido a leer, escribir o hacer cálculos aritméticos simples.

El Fondo de la ONU para la Infancia (Unicef) ha alertado del “panorama desolador” que se prevé para 2030 si no cambian las tendencias actuales, pues para esa fecha se calcula que 69 millones de niños morirán debido a causas evitables, 167 millones de infantes vivirán en la pobreza y 750 millones de mujeres se habrán casado siendo aún menores.

Tales cifras me oprimen el pecho.  Se trata de un augurio funesto para millones de niños y niñas inocentes arropados por la pobreza. Me duele decir que por suerte no es la realidad de mi país, donde me basta solo una mirada a mi alrededor cada mañana para percibir una hermosa estampa, matizada por niños y adolescentes que van camino a sus centros de estudios, muy cercanos a mi hogar.

Van felices, de completo uniforme escolar, su responsabilidad es estudiar, su mayor reto vencer cada asignatura para culminar de manera óptima el curso escolar.

Esta imagen que puede resultar rutinaria en cualquier lugar de Cuba contrasta con los datos expuestos por la UNICEF sobre la realidad de la niñez en las regiones más pobres del mundo: al decir del director ejecutivo del Fondo de la ONU para la Infancia, Anthony Lake: “Las vidas de millones de niños se ven arruinadas por la simple razón del país, la comunidad, el género o las circunstancias en las que nacen”.

En Cuba, ningún niño o niña tiene que trabajar. Ninguno tiene que pensar en llevar dinero a su casa para ayudar al sustento de la familia. Sus tareas son diferentes, orientadas en clases sobre cada asignatura, dirigidas a su participación en actividades deportivas y culturales, visitas a bibliotecas, museos, entre otras.

Aun cuando el estado trabaja por hacer perfectible el sistema social elegido en 1959, place saber y vivir a diario esta realidad que atañe a la infancia, devenida garantía y protección para su desarrollo, manifiesta en ese amparo que el estado cubano ofrece a quienes José Martí llamó La esperanza del mundo.

Ernesto, mi vecino, es ese pequeño de siete años que le fascinan los documentales sobre animales y la décima campesina. Él tiene la capacidad de siempre robarme una sonrisa; sus travesuras me seducen, sus sueños cargados de fantasía en ocasiones me hacen fruncir el ceño porque en eso de crear historias, narrártelas y atestiguar que fue su protagonista no hay quien le gane; más me complace saber que no es el único, desde la Punta de Maisí hasta el cabo de San Antonio, a diario germina esa realidad, divina rutina de mi país. 

   

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