El invierno azul de Coronado

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En Cuba solo poco más de mil personas superan los cien años de edad. Eustasio Marcos Coronado Aguilar se cuenta en esa corta lista de centenarios que hoy nos concede el privilegio de la memoria y la presencia.

Este hombre nació el 29 de marzo de 1914 en una finca conocida con el nombre La Concordia, ubicada en las inmediaciones del poblado de Tapaste, perteneciente a San José de las Lajas, capital de la provincia Mayabeque

De origen campesino el viejo Coronado, como suelen llamarle en el barrio, al parecer nació para semilla, afirman quienes le conocen porque ya cumplió 102 años de edad y todo parece indicar que sigue p`lante como decimos en buen cubano. 

En busca de sus invocaciones y de la receta que tiene para vivir tanto y con salud llegué hasta su casa, un apartamento del segundo nivel situado en la comunidad Valle del Perú, situado entre las montañas a unos diez kilómetros de la urbe lajera.

En primer lugar, me dijo con total claridad la fecha de su nacimiento y a continuación se remontó a los años de su infancia. 

“Antes se vivía sin refrigerador, ventilador, ni televisor. Éramos trece hermanos, mamá no trabajaba en el campo. Ella no fue a la escuela, ni sabía leer ni escribir. Papá, firmar malamente. Antes del ciclón la casita de nosotros estaba buena, pero después del ciclón del 26….ese fue el más grande, digan lo que digan. El viento arrancaba las palmas de raíz y las botaba 20 varas más para allá. La casa nueva, de un año de hecha la abrió por la mitad, figúrate, el techo era de guano”. 

El viejo Coronado evocó cómo su familia fue a parar a la zona que después de la Revolución se conocería con el nombre de Valle del Perú. Antes reverdecían allí decenas de colonias cañeras cuyos dueños puede nombrar en cada fragmento de la conversación. Para ellos trabajaban por una escasa paga los campesinos de la zona como su padre, un hombre con una prole numerosa que le enseñó a cada hijo los secretos de la tierra y las bondades que esta ofrece cuando se le cuida bien, afirma el hombre con los ojos encendidos por el recuerdo.  

“Papá sembraba viandas, tenía tres vacas y sacaba 20 litros de leche y una parte se lavendía al Vizcaíno que la llevaba después para Jaruco. Criaba cochinos. Cuando él mataba un cochino tenía 400 libras y era para la casa. Cuando aquello un cochino no valía nada, 25 o 30 pesos. Mis hermanos y yo sí fuimos a una escuelita, pero trabajábamos más tiempo en la zafra con papá: él cortaba y nosotros entongábamos la caña, para cuando llegara la carreta fuera más fácil”. 

Tengo que hablarle por momentos un poco más alto a Eustasio Coronado, quien sigue fielmente el hilo de nuestro diálogo. La época de su juventud es una etapa importante en su vida, lo noto en la entonación de su voz. A fuerza de voluntad y sacrificio creó una familia y un hogar en medio de las precariedades del campo 

 “Antes de casarme vivía cerca de donde trabajaba, en una casita y dormía en una hamaca. Hacía de todo: cortaba caña, guataqueaba, chapeaba. Luego me casé y tuve cinco hijos Roberto, Nélida, Doris, Rolando y Leonor. Estuve en una colonia con Alfredo Portilla 16 años trabajando. Después trabajé en Altamira. A veces ganaba 1.80 o dos pesos por día. Cuando aquello un litro de leche costaba dos centavos, una libra de pan, seis centavos. También limpiaba tablas de palma y lo hacía por mi cuenta. Tenía que llevar seis cuñas de hierro, una de madera, el machete, una barreta y una mandarria. Así ganaba diez o doce pesos. El trozo de tabla limpio para entablar valía siete u ocho pesos”. 

Los aires del triunfo de la Revolución llegaron hasta el Valle del Perú poco a poco como una marea en calma. La distancia y la pobreza frenaron durante un tiempo más la apoteosis que causó Fidel y el cambió que propuso y regaló a los cubanos. El viejo Coronado contaba entonces 59 años de edad, pero debió esperar un poco más antes de presenciar cómo el Comandante en persona reivindicaba aquellos lares olvidados de Dios.

“Cuando llegó la Revolución la gente decía todo llega, todo llega. Yo me acuerdo que un día estábamos tumbando caña y dijeron que iban a demoler los cañaverales para poner vaquerías en todas las fincas. Entonces se entregaron las fincas. Yo nunca estuve entusiasmado con los edificios, a mí me gusta vivir aparte, porque en una casa sola en el campo usted puede criar algún animal. Ya después que vine para acá seguí trabajando en Altamira con un gallego que le decían San Juan, allí chapeaba las calles de los naranjales y cosas así por el estilo”.

El viejo Coronado vive desde la década de los setenta del pasado siglo en la comunidad de edificios que ideó Fidel con el propósito de otorgar una vivienda decorosa a los campesinos que cedieron sus tierras a la naciente Empresa Pecuaria Valle del Perú, a las familias que habitaban el área donde se construyó la presa Mampostón y a otras que nada material tenían, pero sí la disposición trabajar y echar para adelante aquel proyecto ganadero que devino la luz, progreso y esperanza para los más humildes.

Mucho ha llovido pero la memoria prepara su sorpresa y persiste en mantenerse joven en el cuerpo de 102 años.

“Cuando uno tiene cien años uno se pasa el tiempo…”

Coronado queda en silencio y le pregunto _ ¿Triste?

Pero enseguida responde –“Pensando. Pienso que uno se acaba ya para siempre. No pienso en la hora de morir, sino en tantos seres queridos que uno deja atrás y que sabe que no los va a ver más. Pero todo el mundo nace para eso”. Sentencia y concuerdo con él.“Es verdad que todavía tengo buena memoria. Yo recuerdo cosas de cuando tenía dos años”.

El viejo Coronado tiene una úlcera gástrica y una cardiopatía como únicos padecimientos, algo así como los rasguños del tiempo en su cuerpo cansado. Sin embargo, eso no es picada para gallo fino, al decir de los campesinos del Valle.

Y así, sin los achaques que perturban por regla, la biología de la mayoría de los ancianos, este centenario disfruta de la vida. Protegido y mimado como un niño pasa los días en su apartamentico donde lo acompañan la hija menor ya jubilada, su nieta, hoy profesora de la Universidad Agraria de La Habana Fructuoso Rodríguez, y su bisnieta Angeline, de solo tres años de edad, una personita que acapara toda su atención.

Llegar a este punto del camino al parecer tiene que ver con los hábitos de vida de Coronado, un hombre de mediana estatura y de complexión delgada, algo que según los expertos distingue a las personas que sobrepasan los cien años de edad.

“A mí nunca me ha gustado comer mucho dulce, las cosas me gustan con poquita azúcar. En dulce me gusta el pastel de guayaba, de coco, también me gusta el queso. Tampoco me gusta llenarme. Ahora camino poco por ahí, en la casa sí. Es que cuando uno deja de caminar después coge miedo. Aquí si noto que me puedo caer me agarro de cualquier cosa, pero en la calle… Yo tengo un andador, está ahí…”

“Me levanto temprano, me siento en el balcón. A media mañana como algo, unas galleticas. Después me baño y a las doce, almuerzo. En la noche me gusta ver Palmas y Cañas y el noticiero”.

“-Y sin espejuelos”, subraya la hija.

“Ahora está la cuestión de Cuba y Estados Unidos, continúa el viejo. Yo tengo un hijo allá que tiene 71 años también dos hermanos y por eso estoy al tanto de todo”.

Más allá del modo saludable de vida que ha llevado siempre el viejo Coronado, todo parece indicar que la clave de su longevidad está en los genes de su familia.

“Papá murió a los 93 años y mamá a los 84. Una tía mía tiene 99 años y mis cinco hermanos que quedan vivos tienen entre 85 y 96 años. Yo soy el de más edad”.

Todos esos cálculos salen a la luz con la ayuda de la hija menor de Coronado quien le asiste también para hacer un recuento de la familia que hoy le quiere y lo visita constantemente: cinco hijos, 13 nietos, 18 bisnietos y dos tataranietos.

“Aquí la hija y la nieta me cuidan. Todo el mundo me quiere. Me besan y me abrazan. Cuando viene cualquiera de mi familia ya yo me alegro, tengo un momento feliz y pregunto por los demás”.

En Cuba, el país más envejecido de América Latina se cuenta otras historias como la de Eustasio Marcos Coronado Aguilar, un hombre que luego de 102 años vive sano y feliz. Aunque lo conozco de toda la vida la receta de tan larga existencia deja de ser un misterio para mí al comprobar en menos de una hora de diálogo que en realidad su aliento persiste por el cariño de la familia que él mismo forjó. Y como ingrediente adicional y no menos importante es el hecho de que el viejo Coronado llegó a la vejez en su tierra y en su país, un lugar del planeta donde la ancianidad tiene asegurado un invierno hermoso y azul. 

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