Una siembra heroica en la nueva gesta

desembarco-granma. Foto Cubasi

El yate fue comprado por Antonio del Conde, familiarmente conocido como El Cuate. Aún vive, y a cada rato visita a Cuba para compartir sus recuerdos de Fidel, de Raúl, del Che, en foros en virtud de la memoria histórica de la Revolución. Hasta el nombre del barco ha sido objeto de perenne curiosidad.

El propio Comandante en Jefe confesaba cierta vez que en un principio creyó que el dueño era alguien admirador de la cultura helénica. Sí, se parecía a gamma, la tercera letra del alfabeto griego. Pero el asunto era mucho más sencillo. Resultó la castellanización de grandma, la manera cariñosa de grandmother, abuela en inglés.

Son conocidísimos los preparativos en México y el arresto de Fidel y sus compañeros por la Federal de Seguridad. Él mismo recordaría años después la suerte de no haber caído en manos de la policía secreta de aquel país, donde el tirano Fulgencio Batista tenía influencias. La intervención del General Lázaro Cárdenas contribuyó decisivamente a la liberación del grupo.

Pero entre los revolucionarios había un traidor. Y por dinero estuvo dispuesto a entregarlo todo. La desconfianza mutua entre el apóstata miserable y el régimen dictatorial, ayudó en buena medida a que el proyecto se salvara. El acuerdo alevoso fue vender por partes la información, y que los servicios secretos batistianos lo fueran comprobando. Cuando el traidor cursó los detalles de la expedición, ya era demasiado tarde.

Es conocida la frase de Fidel “En el año 1956 seremos libres o seremos mártires”. Admiradores y detractores saben que jamás faltó a la palabra empeñada. Habría que volver a la prensa de la época, a las declaraciones de altos jefes del ejército de la tiranía. El mensaje altanero y triunfalista recordaba “al capitán de las rebeliones, que venga, que aquí lo estamos esperando”.

Y a las dos de la madrugada del 25 de noviembre de 1956, el Granma salió del puerto mexicano de Tuxpan, con las luces apagadas, en medio de un mal tiempo por el que se había prohibido la navegación. Los cálculos de duración del viaje se hicieron con el barco vacío, en las aguas relativamente tranquilas del río.

La realidad sería decisivamente otra en mar abierto, con el yate sobrecargado de hombres, de material de guerra y de víveres. El trayecto se calculó para cinco días, pero debió realizarse en siete. El alzamiento de Santiago de Cuba del 30 de noviembre dirigido por Frank País, como se ha dicho más de una vez, debía coincidir con la fecha del desembarco. No fue posible.

La mayor parte de la bibliografía refiere que la recalada del Granma fue por la playa Las Coloradas. Decir tal cosa le resta valor de epopeya al suceso. Con las últimas reservas de combustible, el yate encalló cerca de Los Cayuelos. Siempre acosados por la aviación, los expedicionarios debieron remontar más de un kilómetro de mangles en dramático y tortuoso paso hacia tierra firme.

Por cierto, la historia local apunta una curiosa coincidencia. Por aquellos mismos perímetros costeros, también un dos de diciembre, pero del año 1884, aconteció el desembarco de la ballenera Roncador, al mando del General de División José Ramón Leocadio Bonachea Hernández, quien sería arrestado y ejecutado en el Morro de Santiago de Cuba en marzo de 1885. La tradición oral asegura que el informante de los españoles era de apellido Reytor. Un posible descendiente de la propia familia, de idéntico apellido, habría delatado las coordenadas del arribo del Granma exactamente 72 años después.

Tres días más tarde, la inexperta y cansada tropa recibiría su bautismo de fuego en Alegría de Pío. Vendrían luego las terribles jornadas de la dispersión, la dura prueba de sobrevivir. Pero el dos de diciembre de 1956 constituye el nacimiento del ejército del pueblo. (Las Fuerzas Armadas Revolucionarias celebran su fundación ese día.) El arribo del Granma fue esencialmente una siembra heroica en la nueva gesta y un parte aguas formidable en la historia de Cuba.

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