Una Casa con vista al Sol

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Para empezar desde cero es necesario huir del pasado, algo solamente posible con un poco de ayuda y en una casa con vista al Sol.

Cada provincia de Cuba tiene un sitio con esa particularidad y se le denomina Hogar para niños sin amparo familiar. Por supuesto, Mayabeque también dispone de una de esas casas que posee la virtud de borrar el abandono, la tristeza y la incertidumbre.

El encuentro

A mediados de mayo llegué al Hogar para niños sin amparo familiar de San José de las Lajas. La residencia está enclavada en un área densamente poblada de la capital mayabequense, que se inscribe en el imaginario popular con el nombre de La Micro, porque está conformada por un conglomerado de edificios multifamiliares.

Es una casa verde de columnas rosadas a la que se llega por una acera larga bordeada de bancos y jardines. Dicen, que su directora Ana Belkis Barbán Carrillo es el alma de la institución, algo que constato de solo verla y que reafirmo después de una charla tranquila, serena y profunda como el mar.

“Esta es la casa de los niños que no tienen mamá y papá o sea se encuentran en orfandad o aquellos que sus padres están recluidos. El hogar tiene las características similares a una casa de familia o incluso, es mucho más acogedora. Aquí los menores llevan una vida normal. Tienen un despertar alegre como en una casa cualquiera, toman un buen desayuno y luego van hacia la escuela, el círculo infantil o al trabajo como en el caso de Orlando. Cuando llegan de la escuela tienen su merienda preparada y luego a jugar”.

“Esas actividades se desarrollan en la comunidad, con los compañeritos, los niños del barrio y en los espacios públicos que se encuentran en el entorno”, afirma la también Master en Ciencias de la Educación Especial.

“Lo que sucede es que tenemos menores de edades diferentes con intereses distintos. Pero el colectivo de trabajadores usa el mismo método educativo, que es el cariño, la persuasión, el convencimiento, la ayuda. Esa es la esencia de la vida diaria en las instituciones de este tipo”.  

La armonía es una especie de aroma que se respira en este hogar. Recorro las habitaciones y todo huele a niño, a vida. En las paredes cuelgan espejos, pinturas de artistas locales y otros adornos. En las camas perfectamente tendidas me sonríen muñecos y juguetes. Cada cuarto dispone de armarios que lucen como nuevos, y están acondicionados con aparatos de televisión y otras comodidades. Hasta puede verse algún portarretrato que nos presenta a las personitas que lo habitan, y que en el momento de mi primera visita se encuentran en el círculo infantil Pequeños constructores.

Confesiones

En el segundo día de mi visita disfruto del mejor momento del día, el despertar. Dalila y Dalia, las dos gemelas de seis años recién acaban de levantarse y disfrutan de los dibujos animados en una sala amplia. Puedo sacarlas de su ensimismamiento con algunas frases, la cámara fotográfica y mi grabadora. A su lado está también Idisleidis, la niña nueva del grupo quien, en un primer momento, apenas levanta la cabeza y se niega rotundamente a seguir el hilo de la conversación.

La directora Ana Belkis me explica después la causa de su actitud.

“Llegó hace muy poco tiempo del municipio Batabanó por lo que todavía se siente extraña, triste porque dejó atrás a personas que ella quería y que en un momento difícil la ayudaron. Está aquí porque no tenía otro familiar ascendente o descendente que pudiera asumir su custodia. Pero ella ya comienza a socializar a través del juego con los demás niños y las personas que trabajan en el Hogar, quienes comprenden el problema que la niña trae y se trabaja en función de resolver la situación”.

Idisleidis, de apenas cinco años de edad todavía un poco reticente, a sugerencia de una de las tías decide mostrarme la bicicleta nuevecita que le regalaron. Y allí mismo logro hacerle la primera foto, junto a sus compañeros del hogar. Finalmente, y luego de acceder a su reclamo le presto la cámara. Solo así, mientras la examina responde mis preguntas. Ella confiesa que le gusta el Hogar, que las tías son buenas y la comida rica. Algo que concuerda con las afirmaciones de las gemelas

Ya están las tres niñas con sus uniformes y sus bolsas idénticas, listas para marchar al círculo. William, también. Es un adolescente de quince años que cursa el séptimo grado en al Secundaria Básica Antonio José Oviedo, centro educacional que está tan próximo que desde el Hogar se escuchan las clases de los maestros y la algarabía de los muchachos.

A él lo conocí antes que a los demás. Fue en su aula donde intercambiamos algunas palabras. Allí dialogué con la profesora y los compañeros de su clase, quienes apuntaron que a veces él está distraído, pero que tiene muy buenas relaciones con los demás.

– “Aquí me siento bien. Las tías me tratan muy bien”, dice el adolescente cuando inquiero sobre su vida en el Hogar.

Orlando, el mayor de los seis menores acogidos en la institución, añade frases similares, pero más enfocadas al futuro en mundo exterior. “Ya en diciembre me van a dar mi casa y espero seguir trabajando como mecánico”.

– ¡Qué buena noticia!, le digo. Entonces él me habla de Rafrandi, un joven que egresó hace poco de la institución y quien vive hoy en un apartamento, regalo del Gobierno municipal. Ese el porvenir de Orlando y que se concretará, sin dudas, gracias a la importancia que el Estado le concede a este asunto, subraya la directora Ana Belkis.

 “Los gobiernos municipales priorizan la atención de estos muchachos que llegan a la mayoría de edad y terminan su vínculo con el Hogar. A ellos se les garantizan las condiciones mínimas, una casa y los recursos básicos para comenzar una vida independiente, incorporados al trabajo según su nivel profesional y sus capacidades.

Orlando se apura para llegar temprano a su trabajo en el taller perteneciente a la finca Las papas, un lugar que forma parte del Complejo Científico Docente Mayabeque. William también tiene prisa y toma su mochila. Lo llama el timbre que marca el inicio de la jornada docente y que se escucha perfectamente desde el Hogar.

Después, no sé bien si es Dalila o Dalia, porque son idénticas, pero el caso es que una de las gemelas se queja de un dolorcito en la boca y la enfermera la revisa. Al parecer no es nada importante y luego de perfumarlas y verificar que están impecables, las dos auxiliares pedagógicas se disponen a llevarlas hasta el círculo infantil donde permanecerán hasta las 4 y treinta de la tarde.

Las tres niñas se disputan mi abrazo y yo les digo adiós con la promesa de visitarlas a menudo.

La Casa por dentro

Un colectivo conformado por 21 trabajadores llena de amor los días de los seis menores que hoy acoge el Hogar para niños sin amparo familiar, de San José de las Lajas. El proceso productivo está concebido de manera tal que se conjugue lo útil a lo agradable en la misión de construir sueños, esperanzas y felicidad, así lo explica Ana Belkis, la directora.

“Del personal que tenemos aquí, más de noventa por ciento viene conmigo desde San Antonio de las Vegas donde radicó por muchos años el Hogar para niños sin amparo familiar. Las cocineras, enfermeras y asistentes trabajan 24 horas y descansan en sus casas 72 horas. Así se favorece la calidad de vida también de los trabajadores quienes deben atender a niños que llegan desorientados, carentes de afecto. Además, se trata de personas preparadas, de auxiliares pedagógicas graduadas.”

La asistencia médica es también una garantía para los menores. Cuatro enfermeras se encargan de mantener en equilibrio la salud física y mental, refiere, la Licenciada en Enfermería, Yaritza Castro.

“Tenemos todas las condiciones. Cumplimos con el tratamiento médico indicado en cada caso, así como el control de la inmunización de los niños y adolescentes. También se les garantiza las consultas con los especialistas, el médico de la familia y estamos al tanto de las normas higiénicas en la elaboración de los alimentos. Lo más importante es la atención emocional y psicológica que le brindamos, no solo las enfermeras sino también el resto de los trabajadores que día a día lo dan todo por estos niños”. 

Las auxiliares pedagógicas devenidas especie de madres, nanas, confidentes y ángeles guardianes coinciden en que lo esencial para trabajar en el Hogar “es tener mucho amor y saber entender a los niños.” 

La elaboración de alimentos variados y nutritivos también es fundamental para construir el ambiente agradable de un verdadero hogar. En una cocina espaciosa y confortable, las cocineras encuentran las condiciones indispensables para llevar cada día un plato sabroso a la mesa de esta gran familia.

En tanto, en la lavandería, el personal de servicio dispone de modernos equipos donados a la institución, algo que hace posible que el patio se llene cada sábado de ropa limpia y olorosa secándose al sol.

La vida en el Hogar es casi idéntica a la de cualquier familia cubana. Ayudar a los niños con las tareas, los trabajos prácticos, asistir a las reuniones de padres y colaborar con las actividades de la escuela constituyen el pan nuestro de cada día. Una rutina que se colorea con los paseos a tomar helados, al parque, a las ferias los domingos. Y si están becados, en la agenda de trabajo están preparar su comida, las meriendas, ir a visitarlos si es necesario.

Lisandra

En este punto de la conversación sale a relucir Lisandra Samira Hoyos Matos, una jovencita de 18 años de edad que vive en el hogar desde los nueve años y ahora cursa el cuarto año de la carrera de Educación Primaria, en el Instituto Pedagógico Pedro Albizu Campo, de Mayabeque.

En el momento de comenzar este reportaje Lisandra se encontraba en Camagüey representando a la provincia en un encuentro nacional de Escuelas Pedagógicas y maestros egresados. De ahí que debo esperar algunos días más para entrevistarme con ella, algo a lo que accedió sin reparos.

“Me siento muy bien. Todo el mundo me quiere y me ayuda y gracias a todos ellos soy la persona que soy”, repite más de una vez al referirse a su Hogar.

– ¿Qué persona eres? – Le pregunto para tomar el pulso en su interior del significado de su vida. Y esta linda chiquilla responde sin dudar.

– “Hoy soy una muchacha que está punto de graduarse de maestra”.

Su carrera es el eje central de su vida, y quizás por esa razón concibe ya el mapa donde tienen señalado ve un lugar lindo que se llama Futuro.

“Quisiera graduarme y trabajar en la escuela primaria Camilo Cienfuegos donde ahora hago las prácticas o en otra escuela de aquí de San José. Después, pienso formar una familia tranquila. No muchos hijos, dos preferiblemente, y quisiera enseñarles a ellos el trabajo que he hecho”.

No indago sobre su pasado, ese pasajero oscuro que quedó varado en un andén insospechado de su conciencia y que de seguro intenta olvidar. Lisandra más bien me habla con entusiasmo del examen final, una clase de Historia de Cuba con la temática La Asamblea de Guáimaro. Ese es su proyecto inmediato y el más importante. Aunque es una artista aficionada, dice que la pintura y la literatura deben esperar un poco porque en este punto del camino la prioridad es graduarse y hacerlo bien.

Me muestra el dibujo que cuelga en la pared de la sala como el trofeo de un concurso nacional en el que participó hace algún tiempo. Dice que prefiere las letras y solo en ese momento tengo la absoluta certeza de que leerá el libro que le regalé antes de comenzar la entrevista.

Lo que yace a través del mar, del escritor canadiense y amigo de Cuba Stephen Kimber es el texto que pongo en sus manos. Es la historia de los Cinco antiterroristas cubanos contada de una manera diferente. Espero que, de alguna manera, mi obsequio le ayude en la reconstrucción de su propia verdad y su destino.

 

Ana Belkis

La experiencia en el Hogar para niños sin amparo familiar se inscribe en la lista de los momentos más lindos de mi carrera, estoy segura. Y ahí está delante de mí para corroborarlo la lección de la gran mujer y guía espiritual de la institución mayabequense que es, Ana Belkis Barlán.

“He dedicado17 años de mi vida a estos niños, ya son 62 hasta ahora, de la antigua provincia Habana y ahora de Mayabeque, los que han pasado por mis manos.

-“Manos sanadoras”, le digo con los ojos, y ella continúa emocionada.

“Y eso es lo más hermoso que me ha sucedido. Mira, por el día de las madres he recibido mensajes y llamadas telefónicas de muchos de esos niños que se han reinsertado de manera positiva a la sociedad. Por ejemplo, te puedo mencionar a Yadiris Álvarez Escobar de quien estoy muy orgullosa porque estudió Contabilidad, es la mamá de una niña preciosa y trabaja hoy como cajera principal en una tienda del municipio Mariel”.

Después me habla de su único hijo, a punto de graduarse en la universidad, de su incondicional y paciente esposo, de su madre y de la memoria de su papá. Esa es la otra gran familia que estimula desde hace años su bendita obsesión de servir a los demás.

-“Lo más difícil ha sido desatenderlos para dedicar tantas horas a mis niños del Hogar” Afirma casi al final del diálogo.

Y lo más hermoso. -Me atrevo a añadir.

Ella está de acuerdo conmigo. Y en los segundos finales de nuestro encuentro esa certeza salta del agua y la risa que tiñe sus ojos color café.

– “Lo más hermoso……., Y quien no lo sienta con el corazón, no puede hacer este trabajo”.

Empezar desde cero, siempre es una posibilidad o más bien una oportunidad en una Casa con vista al Sol. Así lo advierten desde su bondad Ana Belkis y su ejército de reparadores de sueños. Ellos son algunos de los ángeles que custodian la felicidad de la niñez en Cuba: muy fáciles de encontrar, pero difíciles de olvidar. Se lo aseguro.

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