Un día de fiesta para el libro cubano

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El 31 de marzo de 1959 fue creada la Imprenta Nacional de Cuba, solamente unos días después del ICAIC, y un poco antes de la Casa de las Américas.  

La fecha se inscribió 20 años más tarde como el Día del Libro Cubano, en consideración de las herramientas concedidas para que un pueblo se levantara para todos los tiempos, como su Apóstol, José Martí, quiso. 

En virtud de esa prédica inmensa, el libro pudo multiplicarse y extenderse para cristalizar al fin la dignidad plena del hombre.  

La idea certificaba en actos muy tangibles que leer es crecer, y que la cultura es una condición indispensable de libertad.  El texto bienhechor conseguía así otra hora de los hornos, nuevos instantes de luz. 

Tiradas masivas a un bajo precio representaban una democratización inédita en el universo de las artes.  Títulos universales ganaron la condición de cubanos por la factura, como por la posibilidad de surcar las vertientes más populares hasta entonces conocidas en esta tierra paridora y escenario de lo real maravilloso. 

De tal suerte, tan cubanos pueden ser los libros El siglo de las luces, de Alejo Carpentier, Paradiso, de José Lezama Lima, como El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes y Saavedra; Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, y Robinso Crusoe, de Defoe. 

La Imprenta Nacional de Cuba sedimentaba en títulos sin fronteras temáticas ni geográficas.  En resumidas cuentas, el narrador, el poeta, el ensayista, el dramaturgo, el crítico, son constructores de un universo donde el pensamiento y la creación se adueñan del lector. 

El 31 de marzo es un tiempo de fiesta para el texto libre de ataduras y de las leyes ciegas del mercado.  El Día del Libro Cubano plantea una jornada especial para los autores, los editores, el público y la crítica, comprometidos con la auténtica cultura.

 

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