Testimonio de Luis Carbonell, Acuarelista de la Poesía Antillana

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Foto: Michael García Pérez

Yo conocí a la cantante Esther Borja en casa de mi maestra de piano. Luego nos encontramos en Estados Unidos en 1947 y desde esa época hemos mantenido una amistad que considero perfecta. Ella ha sido importantísima en mi carrera, me guió, me alentó, me relacionó con muchas personas, y en retribución a ese cariño hice con ella un par de discos, uno que se grabó en España y lleva el título de “Rapsodia de Cuba” y posteriormente le produje otro donde “Esther Borja canta a dos, tres y cuatro voces canciones cubanas”, y así se llamó el fonograma.

Ese trabajo no se había hecho nunca en Cuba y Mateo San Martín, trabajador de la Víctor se decidió a inaugurar su firma con ese disco y otro mío. Esther y yo comenzamos a trabajar en el montaje de las voces; durante siete meses iba todas las tardes a mi casa y ensayábamos las voces.

Recuerdo que siempre le decía: “mientras no tengamos todas las voces montadas no empezamos a grabar”. Era muy difícil porque al no haber pistas se grababa la primera voz, ella se ponía los auriculares, la escuchaba y sobre esta cantaba la segunda; repetíamos la operación, escuchaba el dúo y volvía a cantar montándose el trío y de igual forma se grababa la cuarta voz.

Propuse grabarlo a dos pianos, nadie se animó a ejecutar esta novedosa idea, solo una amiga, y yo, que hice el segundo piano. Según los críticos este disco quedó perfectamente bien; todavía, hoy, es impresionante el efecto que causa cuando se escucha.

Sobre Esther quiero decir que es la única cantante que ha cantado todo lo que Lecuona escribió. Hubo un momento de su carrera artística que decidió no cantar más lírico, porque reconocía que no tenía el suficiente aliento para ello. Como sucedió con muchos autores, ella elevó la canción cubana, fue la mejor intérprete de las piezas musicales de un selecto grupo de compositores, quienes la consideraron la más importante de sus inspiraciones; todo se escribía para Esther Borja.

Yo considero a Esther como una hermana más, pero además, una hermana mayor que se fijó en mí cuando otros no se habían fijado. Me tendió la mano cuando otros no me la habían tendido, y por lo tanto, como fue un momento crucial en mi juventud y sirvió de tanto, eso marcó por siempre, en mi persona, un eterno agradecimiento hacia ella, que durará mientras yo viva, y si existe algo más allá, también más allá durará.

Siento mucho que ella está muy disminuida ahora, que está muy enfermita y esperamos que viva lo más que pueda, lo que la naturaleza o la vida le permita. Ella será nuestra eterna Damisela Encantadora.

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