Debió de ser una luna grande, como esas que anuncian año nuevo, la de aquella madrugada del 25 de diciembre de 1956. Por lo menos así la describe el poeta: despierta, fija y redonda, alta sobre el palmar. Nicolás Guillén le reclama no callar el crimen a aquel “medallón suspendido sobre el pecho nocturno”. Y jamás hubo silencio. Fuimos de alguna manera depositarios de un dolor sin límites, de quienes vivieron el tiempo de las Pascuas Sangrientas. Por favor valore el artículo
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