¡SOS valores!

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En tiempos de globalizaciones, las crisis sociales impactan en todas partes y con ellas van, inexorablemente, las crisis de valores. Nadie parece exento de ese problema que supone una epidemia. Es como si el género humano no supiera ya jerarquizar. En el orden de importancia, los bienes espirituales andan muy lejos, a la zaga, de los bienes materiales. 

Existe una industria mundial del entretenimiento, donde el pensar y la sensibilidad no son prioritarios. Todo apunta al egoísmo. Los juegos de niños, antes de grupos, ahora son cada vez más individuales. Los padres, usualmente abocados al trabajo, descuidan instrucción y educación, como si fueran tareas exclusivas de la escuela y de la televisión. Difícilmente, la familia encuentra un momento en el día para reencontrarse. 

En cuanto a la pérdida de valores, frecuentemente se habla de rescatarlos, como si estuvieran prisioneros, pero vitales, en manos de un enemigo impreciso. El asunto es más grave: no puede rescatarse lo que dolorosamente parece más bien morir. 

Cuando la preocupación es tener a toda cosa y a cualquier costo, porque los bienes materiales significan poder, no queda mucho sitio para el amor, la amistad, la humildad, la sabiduría, la equidad, la justicia, la paz, el equilibrio, la dignidad, el orden, la bondad, la paciencia, el altruismo, la lealtad, el respeto a la diversidad del mundo. 

En los valores radica la utopía. Si se pierden definitivamente, se derrumbarán los mejores sueños y desaparecerá la misma condición humana. Es por ello la urgencia de defenderlos, de apropiarse de ellos, de no sepultarlos, sino de darle vida y es esa la misión individual de cada habitante de este planeta.

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