Retratos de mi gente: El colchonero

Se llama Arístides García Armas, tiene 37 años de edad, es de San José de las Lajas y aprendió a reparar colchones cuando contaba 23. Junto a su hermano y un amigo andan de pueblo en pueblo como en los tiempos inmemoriales voceando el oficio. Y no tienen ni siquiera un carro viejo para correr sus travesías, sino que madrugan, toman el primer ómnibus y…a arreglar colchones.

“Me enseñó mi tío, pero a decir verdad…me enseñó la vida también… Mucho trabajo en la vida que he tenido que pasar. Mi mamá se enfermó cuando era un chiquillo todavía, cáncer en el estómago…una úlcera que se le puso mala. Y en el 2004 se me murió mi niñito de meningoencefalitis, tenía once meses. Dese entonces ya no he tenido pelo”.

Entonces me muestra los claros que llenan su cabeza, pero sin mirarme continúa en su faena y sigue contándome su vida.  

“Pero para que veas la vida me recompensó, tengo dos más, la hembra de siete años y el varoncito de seis meses”.

Lo saco de aquellos recuerdos tan tristes, y me intereso más bien por lo que lo llevó a mi pueblo, el asunto de los colchones.

Eso está en dependencia del colchón. Cuando tú desarmas el colchón él te dice solito lo que lleva. A veces está roto el centro, otras veces hay que arreglarlo completo….Mira, este colchón tenía 26 muelles partidos y estaba lleno de yerba. Y si te das cuenta, mira, lo rellené con guata”.

El hombre sigue cosiendo con un hilo grueso y continúa hablando de su obra con orgullo.

Somos cuentapropistas y trabajamos nosotros tres, pero el jefe del negocio soy yo. Tengo todo lo necesario, hasta una máquina para hacer los muelles. Y siempre tengo trabajo. Mira, no es lo mismo quedarme en la casa a esperar que el trabajo llegue, a salir a buscarlo. No tenemos carro, madrugamos y vamos para donde quiera en guagua, a Santa Cruz, a Jaruco, aquí a Zenea. Mañana vamos a San Antonio de los Baños, allí tenemos dos trabajos”.

En medio de una acera, bajo un árbol, en un portal, cualquier sitio es ideal para este colchonero y su pequeña tropa. A veces lo rodea la gente, sobre todo los chiquillos. Pero componer un colchón puede llevar su tiempo, así que el dueño es el de mayor resistencia y se queda hasta el final. Pensando en todo ello, me intereso por el salario que cobran al final de cada trabajo.

“El pago del trabajo es dependencia de cómo esté el colchón. Mira, este trabajo vale mil pesos, le cambié veinte pico de muelles, le quite la paja que tenía muy mal olor, lo rellené con guata y le puse forro nuevo. Este ahora es un colchón nuevo”.

Concluyó el año, le comento, y él sigue con la mirada fija en la tela estampada que transforma aquel colchón en una pieza digna para un buen descanso. ¿Arrepentimientos de 2017, deseos para el nuevo año?

“Creo que las cosas que he hecho, las he pensado. No me arrepiento ni siquiera de no haber estudiado, porque si hubiera estudiado no hubiera sido colchonero, y como se dice para que haya mundo tiene que haber de todo: unos son médicos, otros maestros, ¡yo soy colchonero! Y si no fuera colchonero tal vez sería panadero, me gusta mucho la panadería, fue mi primer oficio y en eso me especialicé”.

“Para este 2018 lo que quiero es que la vida me siga sonriendo. Mira este año arreglé más de 100 colchones…trabajo es lo que hace falta, ¡ah! Y mucha salud, eso es lo que le pido a Dios”.

Cuando acabamos nuestra conversación él también estaba a punto de terminar el arreglo del colchón bajo la mirada de la dueña, que de acuerdo a su expresión estaba encantada con el resultado de la labor, solo faltaba probarlo, decía la mujer.

Le ofrecí café caliente y lo agradeció diciéndome.

“Mira esto es lo bueno, que las personas queden satisfechas. Mi garantía es hacerlo bien. Aquí he reparado 11 colchones con este, y en otro edificio ya mi hermano tiene otro desarmado esperándome”.

Y con la alegría de tener dos brazos sanos y una mente bien dispuesta allá se fue Arístides para procurarles a los demás un colchón mejor. Hoy puede estar en cualquier sitio, pero de seguro lo hará de la misma manera, como el mejor médico, sin más ojos que para su paciente, el colchón.

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