Por una infancia feliz

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Este primero de junio es el  Día Mundial de la Infancia. En el caso de Cuba, la fecha encauza actos de esperanza por una niñez feliz, aunque la celebración sea el tercer domingo de julio. 

El primero de junio plantea en todo caso una jornada para la concertación de una responsabilidad grande, multicolor y plural. En ese sentido, el archipiélago tiene mucho que exponer: su proyecto de emancipación triunfante en enero de mil 959 puso siempre en el foco de atención a la esperanza del mundo. 

En términos de justicia, al planeta le queda mucho por andar, se sabe de niños y niñas que padecen hambruna, insalubridad, explotación infantil y prostitución. 

Está claro que en el caso de Cuba, la democratización de la enseñanza y de la cultura, sedimentaron una obra que debiera ser defendible y perdurable. Se trata de defender los derechos de niños y niñas, entre los cuales está, su educación e instrucción. 

En estos tiempos globalizados preocupa que los pequeños de nuestra tierra sepan más de Mickey Mouse, de la Princesita Sofía, de la muñeca Barbie, que del Capitán Plin y del mismísimo Elpidio Valdés, o  de Martí, y muchísimo menos de la revista La Edadde Oro, para no hablar de Maceo, Mella, del pionero-mártir Paquito González, y de la historia más reciente. 

No se pide una cruzada chovinista por la niñez. En su célebre publicación para el público infantil, el Maestro exponía el deseo de “decir cómo está hecho el mundo”, pero la necesidad de saberlo, interpretarlo y hasta transformarlo, no debe llevarnos a desconocer los colores de un pueblo.   

No estoy en contra de personajes que llegan a través de Walt Disney. La Editorial Gente Nueva, por ejemplo, ha publicado a lo largo de sus casi 50 años la mejor literatura norteamericana para el público infantil, en tanto que desde Estados Unidos llegue tanta bazofia. 

Hace 140 años, Mark Twain publicó Las Aventuras de Tom Sawyer, un libro que no se desfasa con el paso del tiempo. Por La Edadde Oro transitan el francés Laboulaye, la norteamericana Helen Hunt Jackson y el imprescindible Hans Christian Andersen. 

El primero de junio fue nuevamente una plataforma de tiempo para emitir voluntades, pero la realidad impone tareas impostergables por la identidad de un pueblo que se precisa preservar  desde el amanecer de la existencia misma.

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