Era septiembre de 1892. El Partido Revolucionario Cubano refrendaba en la obra de su Delegado la infinitud estratégica en tan solo cinco meses de fundado. En elección democrática, las emigraciones decidieron que el General Máximo Gómez fuera el jefe militar de la guerra que se preparaba. Y a República Dominicana marchaba José Martí a informarle al viejo guerrero la voluntad de los patriotas. Y, por supuesto, a pedirle que aceptara.
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