Las musas de Rodolfo

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_ Las musas han escapado de mí, me asegura el pintor. _ Es como dice Serrat en su canción, agrega el hombre de 63 años. Su mirada vaga, lo advierto cuando me mira y me dice que no quiere dar entrevistas. _ Desde el 2013 se me fue la inspiración a mí, que era una máquina de pintar.

Rodolfo Ramírez Cardo hace un rótulo por encargo cuando llego hasta el patio de su casa, el número 1111 de la calle 16 en San Antonio de las Vegas, un pueblo sembrado en medio de una paisaje bellísimo a más de 25 kilómetros del centro urbano de San José de las Lajas.

Titubea cuando comienza a narrarme los sucesos que lo encerraron en una burbuja hace más de tres años. Cuestiones de enfermedad, quizás desgaste físico o tal vez es la venganza de sus musas por hacerlas trabajar tanto y sin descanso. Quién sabe cuáles son realmente los males que carcomen el alma de un artista.

La conversación sigue su curso, y sin darnos cuenta ya yo estaba sentada en una silla que me ofreció, mientras él me descubría el álbum donde atesora las fotografías de algunas de sus obras más queridas.

Mis ojos se extasían con sus paisajes, casi todos inventados por él, me confiesa. _Es un maestro del detalle, le digo. Parece no escuchar mis palabras, pero dudo que el elogio se lo llevara el viento porque distingo un brillo diferente en su mirada.

La naturaleza parece fotografiada por las manos de este hombre, y hasta llego a creer que más allá de su imaginación esos verdes caballos de hojas naciendo de los árboles y esa sensual mujer floresta, existen en algún lugar que bien podría visitar.

Continúa recordando su vida pasada, y aletea la nostalgia en su voz. Me enseña recortes de periódicos con entrevistas concedidas en los años de su apoteosis artística, fotografías de sus exposiciones memorables y finalmente sus retratos. ¡Y qué retratos!

Tomasita Quiala y Celina González exhiben su belleza más auténtica. Aprecio que se trata de un parto genial, solamente llevado a término gracias a la virtud de este pintor campesino, nacido en un caserío que todavía se conoce como Río Blanco, y dista a seis kilómetros aproximadamente de San Antonio de las Vegas.

Con un entusiasmo que dura tan sólo unos segundos, me cuenta sobre sus hijos y nietos, y sobre los cuadros suyos que han dado la vuelta al mundo. Otra vez el desconsuelo que habita en el hueco de su alma intenta tomar las riendas de su conversación. Cree que las musas se hartaron de él o lo olvidaron para siempre.

Le doy ánimos porque le entiendo, pero no encuentro el modo de consolarlo. De vez en cuando, mis musas también se toman unas vacaciones cortas, muy cortas por suerte.

Y por fortuna Rodolfo se deja fotografiar junto a un óleo sobre lienzo que cuelga en la pared de su sala. Junto a la mesa del comedor descansa otra pintura que hace por encargo, y con la que se muestra inconforme.

Me acompaña hasta la salida. _Creo que te di la entrevista. En lo más recóndito de su frase y de sus ojos adivino una chispa minúscula de optimismo. ¿Nos habrán escuchado sus musas?

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