La Yaya, juramento de victoria o muerte de los mambises

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Constitución La Yaya. Foto Cubahora.

La Asamblea de La Yaya de octubre de 1897 certificaba el mandato de 1895 en Jimaguayú, de convocar a una nueva constituyente si la guerra no concluía en dos años. Desde el amanecer de la epopeya cubana, sorteando entuertos de todo tipo, los revolucionarios apostaron a la institucionalización jurídica del proyecto independentista.
En aquel potrero del Camagüey se dieron cita 22 delegados que representaban a los seis cuerpos del Ejército Libertador. Se programó realmente para septiembre, pero las circunstancias de la contienda lo impidieron. El quórum imprescindible solo se logró el 10 de octubre, lo cual supuso un simbolismo extraordinario 29 años después del estallido en el ingenio Demajagua. Fue elegido presidente de la mesa Domingo Méndez Capote. Sería el mismo hombre de idéntica responsabilidad en 1901, que recibió la orden imperial de aceptar la Enmienda Platt.

Los revolucionarios estaban plenamente conscientes de la cambiante situación de guerra en el país. Como en Jimaguayú, los constituyentistas de La Yaya extendieron otro plazo de dos años para aprobar otra Constitución y elegir soberanamente otro Consejo de Gobierno. Como se sabe, la intervención oportunista de los Estados Unidos lo impidió. Para esa fecha, la cruel Reconcentración de Weyler llevaba ya un año en vigor, sin lograr vencer la voluntad de los cubanos.

Eran demasiado evidentes las profundas grietas en el poder colonial. Por un lado, las ideas de la anexión a la Unión Americana del Norte jamás se extinguieron. Por otra parte, el gobierno peninsular parecía dispuesto a conceder una raquítica autonomía, para no perder esta posesión aquende del Océano Atlántico. Los hombres de La Yaya fueron claros y precisos: “Ni bajo cualquier nombre, forma o manera, la subsistencia de la dominación española en Cuba podría dar término a la actual contienda”.

Sí, de manera explícita y valiente, a pesar de choques y de tantas diferencias, se expresó que se quería “la independencia absoluta e inmediata de toda la isla de Cuba, y que solo con la victoria o con la muerte saldrían los mambises de Cuba Libre”. En aquella histórica cita en la jurisdicción principeña, habría tal vez antecedentes de lo que pasaría más tarde entre la Asamblea de Santa Cruz del Sur (luego Asamblea del Cerro) y el General Máximo Gómez.

En octubre de 1897, se omitió el cargo de General en Jefe. Es más, se reconocía como jefe superior del Ejército Libertador al Secretario de la Guerra, en ese momento el brigadier José Braulio Alemán Urquía. Como es lógico suponer, La Yaya resultó depositaria de las divergencias latentes desde otro tiempo. No debe olvidarse, por ejemplo, que la idea de la renuncia al cargo le daba vueltas por la cabeza a Gómez desde muy antes, y que solamente la caída en combate de Antonio Maceo y de su hijo Panchito lo impidió.

De paso, vale recordar que a pesar de las reticencias del Viejo y de las suspicacias de delegados, el famoso guerrero dominicano siguió siendo reconocido como el jefe supremo de los combatientes.

Los constituyentistas de 1897 extendieron una fórmula de política exterior a partir de las realidades internas de la guerra. Los extranjeros, por ejemplo, no podrían reclamar indemnización alguna por daños inferidos por las fuerzas cubanas con anterioridad a la fecha en que sus respectivos gobiernos reconocieran la beligerancia o la independencia de Cuba. La nueva Constitución, como bien suscribe la bibliografía al uso, ratificó la forma anterior de gobierno, pero fue muy explícita en cuanto a los requisitos para los más altos cargos en el Consejo de Gobierno.

En virtud de ellos, Bartolomé Masó Márquez fue electo presidente y Domingo Méndez Capote vicepresidente. Aquel texto aprobado en octubre de 1897, se considera usualmente como la más completa Carta Magna de la República en Armas. La entrada de los Estados Unidos en la contienda la haría naufragar. El país norteño impondría progresivamente estructuras de su realidad, y al mismo tiempo mantendría otras tantas heredadas de la colonia.

Exactamente un año después, en octubre de 1898, comenzaron las sesiones de la Asamblea de Representantes de la Revolución Cubana en Santa Cruz del Sur, también en Camagüey. Cerraba el capítulo de La Yaya, pero aún resuena el juramento de victoria o muerte de los libertadores de aquella hora en la historia de Cuba.

Bartolomé Masó en La Yaya, como presidente de la República
de Cuba en Armas, sentado en el medio, junto al vicepresidente Domingo
Méndez

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