La muerte del Che y la responsabilidad de Monje

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Tras el deceso hace solamente unos meses del ex secretario general del Partido Comunista de Bolivia (PCB), Mario Monje Molina, suele discurrir la extraña versión de un pobre incomprendido dirigente de la izquierda latinoamericana, hecho humano silencio en su exilio moscovita, que soportó estoicamente los ataques de la derecha por ser marxista, y de los revolucionarios “por traicionar al Che”.

El aludido mutismo de Monje es falso. Recuerdo que, en el trigésimo aniversario de la caída del Comandante Ernesto Guevara, y a propósito del hallazgo de sus restos en Bolivia, el hombre publicó un sonadísimo artículo nada más ni nada menos que en el periódico español El País, donde compartía la plana con gente nada sospechosa de compartir los sueños de emancipación de los desposeídos de este mundo.

Pero el 1991 fue otra cosa. Octubre y la misma Perestroika se iban a pique juntos, y el otrora jefe de los comunistas en el Altiplano concedió alguna que otra entrevista. El Che siempre será el más límpido y transparente ícono de la utopía revolucionaria mundial. Y Monje estará entre las brumas que lo asediaron.

Es lógico que se justificara. Y para eso dijo que al ir a Ñancahuazú el 31 de diciembre de 1966 se encontró allí un hecho consumado: una guerrilla a la que debía apoyar, so pena de ser calificado de cobarde o de traidor si no lo hacía.

La historia lo desmiente. Fidel había hablado con él en La Habana y el tal Monje se comprometió en ayudar. Era una vieja relación, porque el PCB colaboró con las guerrillas en Perú y en Argentina, y cuadros suyos recibieron entrenamiento militar en Cuba.

En las declaraciones para la prensa soviética, le atribuye al Che las siguientes palabras: “Quiero pedirte disculpas, te hemos engañado, no pudimos explicarte nuestros planes, pero estamos aquí y esta región es mi territorio liberado”. Sí, sí sabía del proyecto, y hasta había empeñado su palabra.

De creer esta justificación a destiempo, cómo explicarnos que Monje no pusiera “el grito en el cielo” al ver gente de su Partido en el campamento sin su autorización expresa. Solamente se le ocurrió sacarlos del lugar cuando comprendió que el Che no cedería en sus reclamos de mando, pero no antes. ¿Obedecía Monje a alguna orientación de la dirigencia soviética, opuesta a la idea de las guerrillas? Hasta donde se sabe, no hay una prueba documental sobre eso, aunque el boliviano conocía los puntos de vista de cada quien.

En su conversación con el Che, Monje se atuvo al papel de un revolucionario celoso de su autoestima nacionalista. Como la lucha se iniciaba en su país, más o menos dijo, quería ser el jefe por su condición de boliviano. Semejante juicio debió de incomodar muchísimo a su interlocutor, para quien la lucha jamás tuvo fronteras.

El Che le respondió que, si llegaba Fidel a aquel punto, le cedía el mando por ser el maestro. Monje ripostó con que, si las acciones fueran en otra parte, estaba dispuesto a llevarle hasta la mochila, pero ni a Lenin le permitiría eso en Bolivia. “¿Y si viniera Malinovski?”, le preguntó el Guerrillero Heroico. Fue demasiado para él. Hábil en la polémica y en la ironía, el Che le echaba por tierra el pretexto para retirar la ayuda, y al mismo tiempo le señalaba la conocida subordinación al criterio de Moscú.

Fidel comprendió rápidamente la gravedad de la situación. La ruptura con Monje suponía un serio escollo e invitó al segundo jefe del PCB Jorge Kolle Cueto a La Habana para hablar del tema. También estuvo de acuerdo en colaborar con la guerrilla y con superar el affaire con Monje. Y por Cuba también pasó Juan Lechín Oquendo, el dirigente minero, con el mismo fin. La entrada del Che a Bolivia, claro está, fue una operación de indispensable compartimentación, pero jamás Cuba engañó a nadie.

En sus conversaciones con el periodista hispano-francés Ignacio Ramonet, Fidel admitió que tal vez al Che le faltó “un poco, digamos, de mano izquierda”, para atender el pedido de Monje de ser el jefe supremo. Pero, como decimos en buen cubano, el Che “era por ahí”, no comulgaba con formalismos. Y para colmo de males, el conflicto entre la Unión Soviética y la República Popular China, vino a complicar el ya enredado asunto de la unidad.

Desde el burdo pretexto de preservar su autoestima como boliviano, Monje no se cansó de exponer razones ciertamente ridículas en aquella conversación con el Che el 31 de diciembre de 1966 en Ñancahuazú. ¿Y si hay en el grupo algún agente de la CIA que luego informará que yo soy subordinado tuyo?, dicen que le preguntó al Che. La respuesta fue algo así como que se comprometía a ir hasta Monje cada mañana, cuadrarse militarmente, pedirle las órdenes del día, y así confundir al agente enemigo.

Ahora vuelve a decirse que Cuba fue muy crítica con el Partido Comunista de Bolivia. Semejante afirmación es demasiado injusta. En su entrevista con el periodista italiano Gianni Miná, Fidel fue muy claro y preciso en relación con eso. Ponderó positivamente el papel de la organización, de aquellos cuadros formidables como los hermanos Roberto (Coco) y Guido (Inti) Peredo Leigue, de diamantina fidelidad al Che. Y recordó que, si era indispensable alguna imputación, habría que hacérsela a Monje.

Al salir del escenario guerrillero, Monje se dedicó a desmovilizar y a torpedear toda posibilidad de incorporación de combatientes al Ejército de Liberación Nacional. Y como toda la gente de su estirpe, esgrimió la caída del Che como prueba de su error. Y se inventó la leyenda del dirigente engañado que jamás traicionó. La “Introducción Necesaria” de Fidel para el Diario del Che en Bolivia, fija su retrato exacto para la historia. También la palabra dura pero cristalina de Ernesto Guevara lo deja sin asideros en el tiempo.

 

 

 

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