La marcha de las antorchas

marcha de las antorchas Foto cubadebate

Como el buen presagio del poeta, el héroe vuelve una y otra vez a la vida siglos después de las fraguas de Vulcano. A manera de respuesta agradecida a su reclamo, regresan a las calles la esperanza del mundo y una juventud que va siempre a lo que nace. Sin dudas ahora mejor, con el ímpetu del desagravio por el acto cobarde de una traición.

Esperar el día del Apóstol cobra intensidades en la costumbre de celebrarlo. La antorcha supone la necesaria condición humana en una prédica pródiga en simbolismos, sobre todo en manos de esa edad que quiere y puede transformar para bien el mundo.

En esa poética del acto habría de estar la necesidad de crear y levantar. Aquella carga del Maestro en su centenario fue un regreso en combate definitivo, y desde entonces el fuego resulta imprescindible.

Las antiguas canteras de San Lázaro, una especie de meca de peregrinación en los primeros minutos de cada 28 de enero, se anuncian –ya museo validado por el dolor—como la Fragua Martiana. El fuego fue una conquista del género humano en el amanecer mismo de la historia; purifica y esclarece rutas.

Aquella prueba terrible tal vez fue la concepción misma del apostolado que proclama la rosa blanca, la prioridad del alma límpida, la tarea de la revolución, y la responsabilidad de enfrentar al gigante. Allí nació la idea de que Dios vive en la idea del bien.

En ese tránsito por las calles –donde radican las mejores esencias de un pueblo—como mismo en el ensayo sobre la obra del héroe, están esas alusiones. “Todo el fuego, hasta el arte, para alimentar la hoguera”.

La Marcha de las Antorchas guarda esa milagrosa interconexión con los estudios relacionados con la prédica evangélica con la cual podríamos equilibrar al mundo. De tal suerte, vuelve al camino la investigación, y se hace más útil la virtud.

Obsesionado con la necesidad de la luz en la tarea de emancipar, de instruir, de hacer un individuo mejor y libre, Martí no deja de alertar en relación con lo imprescindible del fuego. La luz, antes de serlo, fue carbón.

También está en la imagen del sujeto lírico heroico, ese que se juega la vida en la incesante necesidad de amar: “También de un beso al fuego/ el muerto de vivir, renace luego”.

En la pasión física, arde el nervio y la energía de quien prepara la guerra necesaria. La prédica martiana significa alertas insoslayables: no perder el último fuego, que en términos de pueblo siempre será fundador y fuente inspiradora. Ahí se encuentra la idea capital de defender la patria, y el encargo de conquistarla para aquel que no la tenga.

En hermosa tradición, los jóvenes cubanos asumen simbólicamente el fuego, para refrendar compromisos en aquel segmento de la ciudad que supo del sufrimiento del Martí adolescente, y donde acaso nació en hoguera y fragua el evangelio más hermoso de la libertad.

 

 

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