La Inmortalidad

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No pudo la muerte coartar la esperanza.  El icono suele crecer con el tiempo y trocar cualquier frontera epocal.  El 8 de diciembre de 1980 verificó el tránsito definitivo de John Lennon a la inmortalidad.

    En un acto de presunta irreverencia había dicho que The Beatles serían más populares que Jesucristo.  John, mensajero también del amor, ministerio de palabra y creación por y para las mayorías, tuvo aquel día en el Dakota de Nueva York su propia crucifixión.

    Aún se recurre a precedentes que apuntan a la sospecha contra los poderosos.  Eran demasiado fuertes y actantes las actividades de John por los derechos civiles y sobre todo contra la guerra.  Eran los años de la acción imperial en Vietnam.  Tan grande era el influjo de Lennon, que incluso un presidente de los Estados Unidos confesó que si la actitud de John se mantenía, con la consiguiente influencia sobre la juventud, peligraba su carrera política.

    Lo vigilaba el FBI, le retenían documentos, lo amenazaron más de una vez con deportarlo de los Estados Unidos.  Pocas veces una música y un carisma fueron tan contundentes contra el establishment del imperio, a pesar de sus bombas y de sus desenfrenos.

    Hizo John de su existencia una Encamada por la Paz.  Millones y millones cantaron la oportunidad que habría que dársele a ese estado de espíritu que tanto quiere y necesita el mundo.  El sueño se multiplicó desde su Imagine para que la compartieran todos los ciudadanos del planeta.

    La canción remontó sin dificultades a la Torre de Babel, en una conciliación ejemplar de factura musical y de compromiso ético.  Lo derribaron las balas aquel 8 de diciembre de 1980, para que el querube permanezca útil y joven en cualquier día posible por venir.

 

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