La huella imperecedera de Hugo Chávez

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Hugo Chávez pertenece a la estirpe de los imprescindibles.  Desde el 5 de marzo de 2013 siempre habrá en la épica un lugar para el dolor. Por su valentía, se consigna como el héroe  a la manera de aquellos tiempos de leyendas. Llevó consigo todo el portento de quienes son llama animadora de combates y amigo de todos los tiempos.

Con el valor y el dolor recorrió Chávez los cerros de su pueblo en busca de transformar un mundo que ciertamente era posible mejorar. En la guerra y en la paz, fue acreedor de esa poética especial que convoca a creadores y a los seres formidables del sueño.

Todo el saber del mundo parece concurrir en las coordenadas del presidente eterno. Pocas veces un continente personal atesoró  tantas virtudes.

¿Cómo significar entonces esta presunta ausencia, cuando en realidad se advierte su sonrisa en el rostro de América? Chávez rebasó todas las fronteras imaginables, se preocupó por el indio, el blanco y el mestizo.

Hugo Chávez dispone en las páginas de la historia del continente muchos actos que facturan la soñada fraternidad universal.

El nombre de este venezolano no se desfasará con el paso de los años, porque una trayectoria semejante no se borra así como así de la memoria de un pueblo.  No es posible un olvido cuando pertenecen sus señas a la bendita costumbre de millones de hermanos de resistir imperios, de enfrentar amenazas, acto que se transpone –ya se sabe—en la idiosincrasia, en la identidad, en fin, en la cultura popular.

El recuerdo que nos queda del amigo de Cuba sostiene que la lucha es permanente y que la victoria es perdurable. El legado de este hombre guarda en sí una conciencia enorme, la impronta por el mundo, la cantidad de amigos hacedores y buenos que transitan por la idea de construir un futuro.

Hace un año, Hugo Chávez partió con todo el valor a una estación donde también el canto y, por qué no, la vida son inacabables.

 

 

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