La Guerra Chiquita

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A manos del General de División Emilio Núñez llegaba al fin la carta de José Martí, como respuesta al consejo pedido. “Duro es decirlo –escribió el Maestro—y toda la hiel del alma se me sube a los labios al decirle…deponga Ud. las armas.” Sobrecogido, cuentan, el alto oficial villareño lee una y otra vez el mensaje y mira a aquellos que le acompañan, igualmente conmovidos por la gravedad del momento. “No deja Ud. de ser honrado, el último de los vencidos será Ud., el primero entre los honrados”. Era diciembre de 1880, y tal vez constituía el último segmento libre de campo cubano, en otro empeño desafortunado pero heroico por la independencia de Cuba. Terminaba la Guerra Chiquita.

El grito de ¡Independencia o Muerte!, se dio el 24 de agosto del año anterior en el San Lorenzo de la jurisdicción holguinera, cerca del río La Rioja. Dos días después, el jefe interino de Santiago de Cuba, el brigadier Andrés González Muñoz llamó a su despacho al General Guillermón Moncada, a los brigadieres José y Rafael Maceo, a los coroneles Quintín Bandera y Silverio del Prado, y a otros más, para comunicarles que conocía la conspiración y que estaba en la disposición de actuar enérgicamente.

Los cubanos lo negaron todo categóricamente. El jefe hispano (cubano de nacimiento) los dejó ir. Sorprende semejante actitud, cuando ya desde antes, en marzo, fueron arrestados y deportados Flor Crombet, Pedro Martínez Freire, José María (Mayía) Rodríguez, y Pablo Beola. Por aquellos días, denunciado por el famoso Santos Pérez, el propio Silverio del Prado había sido detenido y advertido.

Sobre los hechos de ese 26 de agosto se ha escrito muchísimo. Al parecer, Guillermón opinaba que era pertinente esperar la llegada a Cuba de Antonio Maceo y de Calixto García para empezar las acciones. Quintín no compartía ese criterio, y al final su punto de vista se impuso. El propio Quintín disparó los primeros tiros en Santiago de Cuba. (Hirió a los dos primeros soldados españoles con los que tropezaron.)

 El hombre de Baraguá, radicado en Kingston, conoció inmediatamente el rapto de gesta de sus hermanos y los demás, y comenzó a prepararse para arribar a Cuba. Pero gravitaba ya una campaña psicológica, esencialmente racista, que trastocó todos sus planes.

¿Qué había pasado? En abril de 1879 Chile atacó a Perú. El coronel Leoncio Prado, por entonces miembro del Comité Revolucionario Cubano, acudió a Maceo recabando ayuda para defender a su patria de origen. El General Antonio le dio en préstamo 400 mil cápsulas del depósito confiado a él por Aldama. Del armamento preparado para la proyectada expedición a Cuba no se tocó ni siquiera una bala. Está documentado que ya en julio, Calixto conocía de ese acuerdo.

Algunas fuentes aún aseguran que la auténtica razón para negarle el mando a Maceo fue que dejó de serle confiable a Calixto por esa transacción al peruano. Si fue así, por qué no se lo dijo en la reunión sostenida por ambos el cinco de agosto. El General holguinero informó al Comité Revolucionario de Nueva York sobre la larga entrevista donde se pusieron “de acuerdo sobre asuntos importantes”. El Titán se pondría a las órdenes de Calixto, y en consecuencia comenzó a actuar. “Ha llegado el momento –escribió a Arcadio Leyte Vidal—de volver al campo de la lucha para conquistar por medio de las armas lo que por justicia nos corresponde”.

El historiador cubano José Luciano Franco recoge en sus apuntes sobre Antonio Maceo, que fue un mes después, el seis de septiembre, que Calixto vuelve a visitar a Maceo en su casa en la capital jamaicana, para decirle que ya no dirigiría la expedición a Cuba, ni el Oriente estaría a sus órdenes. Lo sustituían por el brigadier Gregorio Benítez, quien resultaría asesinado en octubre de 1880 en la jurisdicción de Manzanillo, a manos de una guerrilla de Campechuela que lo capturó en Loma de Haitial.

El Titán pidió explicaciones. Calixto le respondió: “Los españoles han dado en decir que esta guerra es de raza y aquí en Kingston, los cubanos blancos emigrados tienen sus temores. Por eso, yo no he creído conveniente, general Maceo, que U. vaya primero, porque se acreditaría lo supuesto”. José Luciano Franco cuenta de la justa cólera del héroe, de las palabras con las que Calixto trató de explicarse, de la manera correcta en que lo despidió de su casa (a él y a sus acompañantes), y que “nunca más volvieron a encontrarse”.

Vale aclarar que semejante decisión no desalentó a Maceo. Se sabe que ya el 12, seis días después del agrio encuentro con Calixto, viajó a Haití con el objetivo de llegar a las costas cubanas. La Comandancia General de Marina de España dispuso todos los esfuerzos a su alcance para impedirlo. La coyuntura política en Haití se tornó adversa. (Los enemigos de quienes apoyaban a Maceo tomaron el poder.)

El espionaje contra él se mostró muy eficiente y el Capitán General Ramón Blanco extendió 50 mil pesos para atentar contra su vida. Fueron días de conjuras, de celadas. De aquella sórdida persecución, de la que fueron cómplices las nuevas autoridades haitianas, pudiera escribirse una novela. Solamente el cinco de febrero de 1880 lograría escapar.

La metrópoli, por lo visto, activó todos sus dispositivos militares y de inteligencia contra los jefes más importantes. En su carta a Emilio Núñez, Martí le sugería no esperar el apoyo de Vicente García. El investigador y ensayista cubano Carlos Tamayo Rodríguez asegura que el último General en Jefe del Ejército Libertador intentó también incorporarse a la Guerra Chiquita. “Entre la Guaira y Puerto Rico casi lo asesinan –escribió—en Ponce intentan a apresarlo; cónsules y agentes españoles le impiden desembarcar en puerto alguno. Esa es la orden. El Mayor General sufre”.

Azarosa fue la suerte de Calixto García, quien solamente logró arribar a las costas cubanas, cerca de Aserradero, en el sur oriental, con 18 hombres en un bote el siete de mayo de 1880, casi nueve meses después del estallido. Su presencia en el escenario de la guerra no pudo revertir la dinámica negativa de los acontecimientos para las armas insurrectas, hasta que tuvo que capitular el tres de agosto del propio año. (En algunos textos se asegura que fue el día cuatro, cuando cumplió 41 años de edad.)

Ante la ausencia de los principales jefes, sin apoyo logístico, y con toda España encima, en mayo del propio 1880, ya habían capitulado en Oriente Guillermón Moncada, José Maceo y los demás. Fue el conocido Pacto de Confluente, alevosamente incumplido por españoles y británicos. Pero esa sería otra historia.

Suele aludirse el terrible cansancio por diez años de luchas, y sin embargo, las propias fuentes españolas aseguran que salieron al campo 8 243 personas, de las cuales 1 900 eran mujeres y niños. De acuerdo en el Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba, se presentaron 5 381 insurrectos, y los patriotas sufrieron 170 muertos, 109 heridos y 307 prisioneros. España reportó 417 bajas (no se especifica la cifra de muertos y de heridos) y le costó 22 811 516 pesos.

Entre los primeros en alzarse en la Guerra Chiquita estaban, por ejemplo, Belisario Grave de Peralta y Ángel Guerra, hombres del famoso Cantón Independiente de Holguín, un hecho que la historiografía tradicional califica de desmoralizante. Otros que participaron en las denominadas sediciones de Lagunas de Varona y de Santa Rita, incluso firmantes en el Zanjón, concurrieron a aquella clarinada sin pensar que podían ser otros diez años o más, y no vacilaron.

En septiembre de 1879, entre los detenidos y deportados se encontraba José Martí. La Guerra Chiquita lo expone ya como uno de sus dirigentes. De sus experiencias salió el extraordinario proyecto de la Guerra Necesaria, que anudó todo lo disperso, que remontó suspicacias, que curó tantas heridas. Él mismo había escrito que “es digno del cielo el que intenta escalarlo”. Era tal vez su destino, porque en su palabra estuvo siempre la idea de que “las guerras deben verse desde las nubes”.

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