La felicidad de niños y niñas, una conquista en Cuba

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Recientemente le escuché decir a mi hija Flor que era una niña feliz. La afirmación además de contentarme me hizo reparar en aquellos detalles que ciertamente componen la felicidad. Al instante le pregunté porque se sentía así y me sorprendió su respuesta. 

“Soy feliz, afirmó la niña, porque me cuidan, me aman, voy a la escuela, juegas conmigo, cuando me enfermo están todos a mi lado y pronto estaré en primer grado para tener mi pañoleta azul”; entonces supe de su seguridad al emitir un juicio como ese. 

Inmediatamente le expliqué que esa sensación de felicidad no era solo responsabilidad mía, muchas otras personas cuidaban de ella como su papá y su abuela, la maestra, la doctora del médico de la familia, los amigos y vecinos.

Y es que en Cuba varios documentos consagran los derechos de la infancia, entre ellos la Declaración de los Derechos del Niño y la Convención sobre los Derechos del Niño.   Algunos de ellos, son derecho a la vida, a la salud, a la educación gratuita, a tener familia y protección.  En esa lista están sin falta el descanso, el juego, la recreación, la creatividad y el ser escuchado.   

Todo el universo institucional en la mayor de las Antillas, establece un corpus legal y de disposiciones para prevenir violaciones de esos derechos, y para actuar legalmente cuando se verifique algún problema.  En buena medida, los esfuerzos se encaminan a sembrar conciencia en la propia familia. 

 Al igual que Flor, otros niños y niñas como mi pequeña Violeta, irradian de felicidad, y esa es una responsabilidad que tenemos todos, al menos los que velamos por un futuro donde nos reencontremos en el compromiso con el Maestro: trabajar por la esperanza del mundo.

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