La despedida del Che

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En la presentación del Comité Central del Partido Comunista de Cuba aquel tres de octubre de 1965, Fidel leyó la famosa carta del Che. Pero en realidad, Ernesto Guevara se había despedido seis meses y dos días antes. No estaba fechada, pero el mismo Comandante en Jefe fijó al primero de abril del propio año como el día de la entrega.

Al salir de la Argentina, dicen que exclamó a bordo del tren: “Aquí va un soldado de América”. Hizo una escala importante en la Guatemala de Jacobo Árbenz, donde acontecía un proyecto nacionalista de aliento popular. Cuando el imperialismo y la reacción lo abortaron, dirigió sus pasos a México. Aún circula la anécdota de que escogió ese destino para contribuir a la recuperación del territorio robado a ese país por los Estados Unidos.

A la hora de incorporarse al movimiento revolucionario cubano, refería a cada rato Fidel, puso como única condición que, tras la victoria, razones de Estado no le impidieran salir de Cuba para hacer la revolución en Sudamérica. En el mismo enero de 1959, el Che le comentó a su padre de visita en La Habana que no sabía en qué lugar del mundo quedarían sus huesos.

Poco antes de partir, el Che realizó una distendida gira por África. La insurgencia anticolonial solicitaba colaboración. Eran los tiempos de la escalada yanqui en Indochina. En el Mensaje a la Tricontinental, argumentaba la necesidad de compartir la misma suerte del agredido, y no circunscribir la solidaridad a simples declaraciones.

La estrategia de crear “dos, tres, muchos Vietnam” pretendía dividir las fuerzas del imperialismo, pero no fue bien acogida por los partidos comunistas en el poder en Europa. El Che jamás ocultó su amargura de que la Unión Soviética y sus aliados, permitieran impunemente el bombardeo a un país socialista.

La revolución en Sudamérica adquiría entonces otro sentido: abrirle un nuevo frente de batalla al enemigo. Cumpliendo indicaciones del Che, el periodista argentino Jorge Ricardo Masetti y otros compañeros, establecieron un foco guerrillero en la provincia de Salta en el norte argentino. El aniquilamiento de aquella avanzada en abril de 1964 resultó una conmoción tremenda para él, y es casi seguro que determinó su resolución de ocupar un puesto de peligro en la epopeya latinoamericana.

En su manual La guerra de guerrillas, alude el tema de la edad de los combatientes. Independientemente de su férrea voluntad frente al asma y a cualquier inconveniente, él no podía sustraerse del paso constrictor del tiempo. Era indudablemente una preocupación. El 14 de junio de 1967 escribió en su Diario en Bolivia: “He llegado a los 39 y se acerca inexorablemente una edad que da que pensar sobre mi futuro guerrillero; por ahora estoy ´entero´”.

Mientras se preparaban las condiciones para su incorporación en el proyectado foco sudamericano, el Che partió en abril de 1965 hacia el Congo belga. La idea era articular el movimiento de los seguidores del asesinado líder Patricio Lumumba. Como es lógico, el pueblo cubano notó inmediatamente su ausencia. Fidel respondía que el Che estaba cumpliendo una tarea importante de la Revolución, que en su momento oportuno se explicaría.

Se desató entonces una feroz campaña difamatoria contra Cuba en el exterior. Se hablaba de una purga de estilo stalinista. Tampoco era nada nuevo. Cuando la trágica desaparición de Camilo Cienfuegos, se difuminó la calumnia de que por celos el carismático jefe rebelde había sido asesinado por sus compañeros. La cruzada del embuste rebasó todos los límites de la imaginación en el caso del Che.

¿Qué historia tremebunda no se inventó en aquellos seis meses en que no se conocía la “nueva empresa” del Comandante Guevara, como dice la pieza de Carlos Puebla? Hasta llegó a publicarse que Bernabé Ordaz tenía prisionero al Che en el Hospital Psiquiátrico de La Habana, y que de cuando en cuando le aplicaba un electroshock a su “paciente” amarrado a una cama.

Es posible que al Che no le agradara del todo que se publicara la carta ese día. Tras la retirada del Congo belga fue preciso que Fidel lo persuadiera de que regresara a Cuba para ultimar los planes revolucionarios por el sur de Nuestra América. Y como mismo había salido, clandestinamente, volvió a entrar al país.

La lectura del documento era ciertamente indispensable aquel tres de octubre de 1965. La carta dirigida a sus padres, por ejemplo, pasó en algún momento por malas manos y no llegó oportunamente a sus destinatarios. La propia madre, enferma y hasta desconcertada por aquel chaparrón de mentiras, le sugiere en una misiva que se integre en otro proceso revolucionario donde le reconozcan debidamente sus méritos.

¿Cómo explicar al pueblo cubano la constitución del Comité Central del Partido Comunista, sin la presencia en sus filas de Ernesto Guevara? Tras su asesinato en La Higuera, el discurso del enemigo cambió. Comenzó a hablarse del Che traicionado y abandonado en Bolivia.

En la conocidísima carta, el Che le prometió al líder de la Revolución que, si moría en aquel intento, su último pensamiento sería para el pueblo cubano y especialmente para él, su jefe y amigo. Hay, al menos, una evidencia de que lo cumplió literalmente. El periodista boliviano José Luis Alcázar, autor del libro Ñacahuasú: La guerrilla del Che en Bolivia, que trabajó como corresponsal en las filas del ejército, recoge las últimas palabras del Guerrillero Heroico cuando era alevosamente ultimado por sus captores: “Adiós…hijos míos, Aleida, hermano Fidel”.     

 

 

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