La carta testamento de José Martí

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Martí advirtió a sus hermanos sobre la amenaza del águila de William Walker y de Narciso López. El uno, el filibustero, desanduvo por Nicaragua. El otro, aventurero al servicio de los esclavistas del Sur de los Estados Unidos, no albergaba realmente sueños de patria para Cuba. Y aquella alerta del Apóstol cobra asombrosa coincidencia cuando escribe lo que sería su testamento político. Su verbo encendido, deviene llama nueva en la confesión sincera y transparente. Pide estar atentos, aunque desestima a la actividad anexionista, “menos temible por la poca realidad de los aspirantes”.

El 18 de mayo de 1895 guarda sucesos extraordinarios para Cuba y para Nicaragua. Era sábado, y no fue propiamente una jornada de descanso como dispone la sagrada escritura. Es de suponer que el séptimo día también suponga en este caso algún misterio, o alguna señal. En Cuba, en el Campamento de Dos Ríos, José Martí, inicia la carta a su amigo mexicano Manuel Mercado.

En Nicaragua, en Niquinohomo, nace Augusto César Sandino. El Apóstol comienza por decir que ya está todos los días en peligro de dar su vida. (Ofrenda que solamente horas después devendrá catástrofe. ¿O es que estamos ante un presentimiento propio de los hombres grandes?) En Centroamérica, viene al mundo ese mismo día un hombre con el mandato acaso natural de la tierra. El nombre del pueblo natal de Sandino, Niquinohomo, en lengua chorotega, pueblo originario, quiere decir Valle de los Guerreros.

El Apóstol y el General de Hombres Libres, sufrieron de algún modo, cada cual en su distancia, la incomprensión de los padres. En la famosa carta a la madre del 25 de marzo de 1895, Martí le escribe a Leonor: “Ud. se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida”. El padre de Sandino, por su parte, recriminará al hijo-héroe diciéndole que todo quien hace de redentor, termina crucificado.

Habría que escribir esa historia sacra que transita por la savia de Nuestra América: el Apóstol parece despedirse el 18 de mayo de 1895, y le nace a estas tierras de promisión otra estrella que adorarán por siempre los hombres libres. En augurio conmovedor. Martí expone lo que hasta entonces ha callado: “En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente –escribe—porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas”.

El reclamo del Maestro no era otro que pararle los pies al gigante de las siete leguas. Y para eso estaba llegando al mundo ese mismo día aquel hombre menudo de cuerpo que le daría renombre a las Segovias, gloria a Nicaragua, vigencia táctica a las guerrillas y otra inspiración a esta familia de pueblos al sur del Río Bravo.

El 18 de mayo de 1895 es un día para historiadores y poetas, para numerólogos y sabedores de arcanos y profecías. Se cumplen 123 años de aquella carta inconclusa de Martí a Manuel Mercado, donde esclarece que todo lo que ha hecho y hará (sí, en futuro) será “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”. Tal vez, la carta trunca siguió escribiéndose con el nacimiento ese mismo día de Augusto César Sandino, con quien jamás pudo el águila de William Walker y de Narciso López.  

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