Ernestina

Me indicaron su dirección en el poblado de Tapaste en San José de las Lajas con la promesa de que conocería a una artesana y a la vez enfermera, que aunque se había jubilado hacía tiempo seguía siendo la cuidadora y el ángel protector de muchos enfermos del pueblo. ¿Enfermera-artesana? Esta promete ser historia interesante, pensé, y quizás usted coincida conmigo.

“Una enfermera debe tener mucho cuidado en lo que hace, inyectar, curar, atender a un paciente. Creo que sí, que la artesana y la enfermera tienen muchas cosas en común.”

Así inicié una deliciosa conversación con Ernestina Ramírez Torres de 81 años de edad. Como una casa de muñecas es la suya. Las huellas de sus manos están en todo lo que salta a la vista: los muebles, los adornos y sus muñecas, ataviadas como para una fiesta.

“Aprendí a coser y tejer desde chiquita, por mi abuela. A ella le gustaba y mirándola aprendí. Mamá nos enseñó a hacer las tareas de la casa, pero a mí me gustaba más limpiar, ordenar, inventar cosas que sirvieran para ponerlo todo más bonito”.

Mientras esta mujer me explica el origen de sus muchos talentos, recorro el estrecho pasillo que conduce al comedor donde reposa la máquina de coser y al lado, la cocinita limpia y atestada de los más hermosos tejidos en formas de frutas multicolores que cuelgan en las paredes y adornan el refrigerador.

“Me gusta coser a máquina, pero cada día la uso menos porque me duele la espalda cuando estoy mucho rato doblada, dándole a los pedales. Cuando tejo no me pasa, porque cojo la aguja y estoy dale que dale mucho rato y sin cansarme. Así me entretengo, y si pasa algún conocido lo saludo y así paso las horas”.

La delicadeza y el cuidado de los detalles en cada obra son el distintivo de Ernestina. Un exquisito vestido de novia en una muñeca que embellece su sala, los espejuelitos, collares, pulseras y hasta el pequeñísimo tabaco en el bolsillo de una de sus figuras, reflejan la ternura que desborda de su alma cuando trabaja la tela y el hilo.

“Pasé los cursos de corte y costura Elia Rodríguez Rocha y el Ana Betancourt, pero fui solamente para compartir con otras mujeres y me dieran el título, pues yo lo dominaba todo.  Además de todo eso que ves tengo otras cositas guardadas en una caja. _ ¿Quieres verlas?”.

Y yo acepto con todos mis asombros. Elogio la paciencia y la dedicación de esta ancianita delgada y ágil que reinventa un mundo de miniaturas delicadas con las cosas que la gente suele tirar. Entonces Ernestina llenó su mesa de los más curiosos y diminutos objetos: un televisor panda, un ventilador, un reloj despertador, una lámpara, un sombrero…

“Mira, con tubos de desodorante hice este jueguito de sala que me quedó muy bonito. Y ese reloj es con un rollo vacío de esparadrapo; la lámpara y el ventilador los hice también con tubos de desodorante. Muchas veces llevo algunos de estos juguetes a los niños del círculo infantil. También he presentado algunas cosas en los eventos de artesanía y siempre me sacan de destacada”.

-Y está en la Universidad del Adulto mayor, le pregunto.

Y también en el club de los 120, responde riendo.

-¿Confía en que va a llegar a esa edad? La provoco.

-Estoy segura que me voy a pasar.

Ernestina enviudó hace poco más de un año y aunque no tiene descendientes prohijó a medio pueblo. Su puerta siempre está abierta para servir a los demás por ello desconoce la soledad, el vacío o la tristeza.

“Siempre estoy ocupada en algo. Mañana tengo una reunión del Adulto Mayor y por eso ahorita iré a arreglarme las uñas de las manos, las de los pie me las pinté hace tres días.”

-Y el cabello lo tiene bonito con ese color, le digo sin ocultar la sana envidia que siento por sus energías y sus deseos de vivir viviendo.

-“Sí, yo no salgo desarreglada ni muerta, y ando bien derechita por la calle y…

-Y quien dice que usted tiene 81 años….Susurro con cariño, y a ella le da tremenda risa la frase que encierra la fábula de su existencia.

Así es y así vive Ernestina Ramírez Torres, anote su nombre, ella es un bello retrato de la gente de mi pueblo.

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