Epidemia sin control

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“El mundo al revés nos entrena para ver al prójimo como una amenaza y no como una promesa…………… Estamos condenados a morirnos de hambre, a morirnos de miedo o a morirnos de aburrimiento, si es que alguna bala perdida no nos abrevia la existencia”.

Eduardo Galeano 

 Las armas de fuego continúan sembrando la muerte y el miedo en Estados Unidos, tal y como lo hizo el gas que asfixió a millones de judíos en las cámaras ideadas por los nazis en los campos de concentración durante la segunda Guerra Mundial. 

A los prisioneros les ofrecían un baño tibio tras un largo viaje, y luego de hacerles creer que lo mejor estaba por llegar, eran ahogados con polvos tóxicos mientras los observaban retorcerse en espasmos terribles por unas mirillas especiales, según documentó muy bien Boris Polevói en su libro, A fin de cuentas. 

La similitud está en que en Norteamérica se dice que comprar un arma es conseguir la seguridad. Así lo preconiza la Asociación Nacional del Rifle y esa misma invitación es multiplicada de las maneras más creativas y seductoras posibles en los medios de comunicación.

 

Y aunque se dicte una que otra medida para asegurar que quienes adquieran un arma de fuego sean personas totalmente cuerdas, existen las redes sociales devenidas hoy el mayor centro comercial de las armas. Así que hay de todo y para todos. 

En dos mil 12 tras la masacre de la Escuela Primaria de Sandy Hook, en Connecticut que costó la vida a 28 personas, de ellas 20 niños menores de ocho años de edad, el Presidente Obama calificó las muertes por armas de fuego como una “epidemia” en la nación norteña. Y todo parece indicar que es de las más terribles y duraderas de todos los tiempos. 

Así lo confirma el siniestro de la madrugada del domingo 12 de junio, el más mortal detodos los acontecidos, según las propias palabras del mandatario norteamericano. El costo de la tragedia ascendió a medio centenar de fallecidos y un número superior de heridos. El hecho tuvo lugar en un Club Sexodiverso de la ciudad de Orlando, en el Estado de la Florida, territorio declarado en estado de emergencia desde el lunes 13. 

Se trata de otro suceso que engrosa el largo historial de crímenes por armas de fuego en Estados Unidos, el país que registra la mayor tasa de posesión de armas en el mundo con un promedio de 88 por cada 100 personas, según publicaciones norteamericanas. 

Esta vez el pistolero asesino fue Omar Marteen, un norteamericano de origen afgano, de 29 años de edad. Según declaraciones difundidas por la policía local tras las investigaciones preliminares, este confesó su adhesión al Islam en medio del atentadoa lo que se suman otros datos como la condición de inestabilidad mental y el confeso rechazo del sujeto a la comunidad de gays, lesbianas y heterosexuales. 

Ese fue supuestamente el motivo en esta ocasión, pero en sucesos similares fueron el odio, la venganza o el racismo los móviles que llevaron al crimen en masa. No obstante, la historia revela que en muchas ocasiones la motivación principal nacía de la violencia que generan la televisión, el cine y algunos videos juegos. 

Así lo evidencia la Masacre de Aurora el 20 de julio de 2012. Aquel día James Eagan Holmes de 27 años protagonizó un ataque armado en el cine Century de esa localidad del estado de Colorado. Se estrenaba el filme TheDarkKnightRises y el joven entró en la instalación dejando tras su paso funesto doce muertos y cincuenta y nueveheridos. Luego de su detención alegó que él era el Joker enemigo de Batman. 

El Presidente cubano envió un mensaje de condolencia a su par norteamericano por los sucesos de Orlando, y la UNEAC también hizo llegar su rechazo a las acciones de esa naturaleza. 

Por mi parte, desde mi posición como periodista en Cuba donde es ilegal la compra- venta de armas, veo con preocupación cómo los eventos de esa envergadura se van convirtiendo peligrosamente en noticias rutinarias. Así que, sin pecar de pesimista avizoro distante en el horizonte el adiós a las armas que necesita ese país, donde, por el contrario, cada matanza conlleva al incremento del comercio de las mismas. 

Según el sitio GunPolicy.org, en Estados Unidos muere aproximadamente más de una docena de niños diariamente a causa de accidentes con armas de fuego, la mayoría de ellos dentro de sus propias casas. Y no es para asombrarse, porque en el 37 por ciento de las viviendas norteamericanas hay un arma, mientras que más de 300 millones circulan en todo el país. 

La Segunda Enmienda de la Constitución norteamericana reconoce el derecho a poseerarmas de fuego. El texto señala textualmente, “siendo necesaria una bien regulada milicia para la seguridad de un estado libre, el derecho del pueblo a tener y portar armas no debe de ser infringido.” Traducido: para garantizar protección y seguridad a las familias los ciudadanos norteamericanos tienen el derecho a ir armados. 

Desarmar a un menor a la entrada de una escuela es algo que ocurre más veces de las que cualquiera imagina. Y si el estudiante pasa inadvertido con la pistola se corre el riesgo de un potencial homicidio en masa que en más de una ocasión ha teñido de rojo instituciones educacionales norteamericanas. 

Uno de esos hechos que dio la vuelta al mundo fue La Masacre de la Escuela Secundaria de Columbine que tuvo lugar el 20 de abril de 1999 en las instalaciones del Columbine High School, en Littleton, Colorado. Murieron 15 personas, en tanto se contabilizaron 24 heridos. 

El siniestro pasó a la historia como la matanza más terrible en un centro de educación secundaria en Estados Unidos, pero hoy habría que hacer una cronología muy cuidadosa para ubicarlo en un puesto justo de la memoria colectiva, pues la lluvia de plomo sobre niños y jóvenes inocentes no ha parado desde entonces. 

A pesar de ser superado por crímenes masivos de mayores proporciones como el de Orlando este 12 de junio, el suceso sobrevive en el recuerdo gracias a la película documental de Michael Moore, Bowling forColumbine, denuncia de una vigencia extraordinaria, pero que tampoco logra, hasta ahora, detener el avance arrasador de las armas. 

Las vidas mutiladas a causa de las armas de fuego en Estados Unidos son suficientes para armar una novela inmensa, sobrecogedora. Trataría de historias de gente a las que el mundo al revés les negó la posibilidad de un nuevo día.

Pero ni un BestSeller construido con la sangre y las lágrimas de esas víctimas serviríapara obstaculizar las billonarias ganancias que continúa generando el comercio de las armas: un negocio rentable que es directamente proporcional a la muerte. ¿Quién puede dudarlo? 

La masacre de Orlando lo subraya en rojo: es una epidemia sin control que siembra otra vez el pánico, no solamente por lo que fue, sino por el anuncio que entraña: “!Continuará!” Algo así como el parpadeo terrorífico de un I’ll be back (Volveré) de Terminator escrito en letras púrpuras grandes. 

Las regulaciones para evitar y controlar el trasiego de armas entre la población civil son insuficientes en correspondencia con la débil voluntad política mostrada en el último medio siglo por los presidentes de turno de la Casa Blanca. Y eso le pasa la cuenta, dentro y fuera de sus fronteras, una y otra vez a lo más preciado del ser humano: la vida.

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