El Vaquerito

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Nadie alcanzó nunca a llamarlo por su verdadero nombre: Roberto Rodríguez Fernández. Posiblemente no fueron muchos los que tampoco pudieron equipararle en valor. El Che creyó que semejante audacia nacía en la naturaleza interior de aquel personaje para quien la realidad y la imaginación no tenían fronteras. En el exergo de una portentosa novela, su autor escribió: “Allí, en la mentira infinita, existieron”. Y la Revolución tuvo héroes de esa estirpe, donde la temeridad y la fantasía ocuparon un mismo puesto en el combate.

En el conocido compendio Pasajes de la Guerra Revolucionaria, Ernesto Guevara le dedicó varios momentos al Vaquerito. El muchacho le dijo al argentino que era camagüeyano de Morón. En documentos posteriores se afirma que “nació el siete de julio de 1935 en la finca El Mango, zona de Perea en Las Villas en la región central de Cuba”. El Che lo recordaba descalzo en aquel primer encuentro en la Sierra Maestra, y que fue Celia Sánchez quien le prestó unos zapatos de presunta factura mexicana. Luego vendría el enorme sombrero. Con ese atuendo nació el famoso apodo inscrito en las páginas de la guerra de liberación.

El Che, siempre recordado por su carácter parco y hasta áspero, lo calificó en esos apuntes de simpático y querido. Él mismo se encargó de interrogarlo, de hurgar en la vida de aquel jovencito que parecía salir de un cuento. Tiene que haberse divertido muchísimo con aquella sarta de mentiras inocentes, que el Che aludió pero que –por supuesto—no detalló. Sí, aquellas notas a punta de lápiz de Ernesto Guevara sobre las “muchas anécdotas chispeantes” del Vaquerito, “de todas sus hazañas y trabajos”, tendrían hoy un altísimo valor patrimonial, histórico, y tal vez como fuente literaria.

Era tan grande su temeridad, que el Che lo designó jefe del “Pelotón Suicida”, una especie de comando para las acciones más arriesgadas. Al grupo perteneció Leonardo Tamayo, el Urbano de la guerrilla boliviana, que fungía como su segundo al mando, que –por ejemplo—tuvo la ocurrencia un día de cargar sobre sus espaldas una bomba aún caliente acabada de lanzar por la aviación batistiana. Eran jóvenes que se tomaron el deber con una fuerte dosis de aventura, con tanta energía y premura que casi no vieron al peligro pasar.

Y en el “Pelotón Suicida” el Vaquerito fue una leyenda. En su conocido informe al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz sobre la invasión, también hubo un sitio para el muchacho que se distinguió en el combate de La Federal, donde la Columna Número Ocho “Ciro Redondo” cayó en una emboscada en septiembre de 1958. Y así, de página en página, en la reedición de la epopeya mambisa, fue el Vaquerito escribiendo las suyas.

Según contó el coronel de la reserva Hugo del Río al periodista José Mayo Fernández, la primera acción importante del “Pelotón Suicida” fue la toma del poblado de Fomento, y que por su valentía y su capacidad de mando, el Che le otorgó al Vaquerito los grados de capitán. El testimoniante recordaba la naturalidad con que el joven guerrillero subió a una azotea en Cabaiguán a buscar a un francotirador del ejército de la tiranía.

En Caibarién fue otra historia. Ante la advertencia de buscar un carro cisterna para quemar al cuartel, los soldados sacaron una sábana blanca atada a un palo. Pero el teniente jefe no quería rendirse. El Vaquerito lo retó a duelo. Dicen que al no tener resultados por esa vía, se acostó en un camastro dentro de aquel reducto enemigo, y les dijo: “Cuando decidan rendirse, me avisan”. La desmoralización de la soldadesca fue total.

Y llegó la hora de la batalla de Santa Clara. El “Pelotón Suicida” recibió la orden de atacar la estación policía. Alguien propuso abrir boquetes en las casas cercanas de aquel punto. El Vaquerito aprobó la idea, y él mismo avanzaba por aquellos muros horadados. Logró llegar a la azotea de una vivienda, a pocos metros del enclave policial. Disparaba, como siempre, de pie. Un disparo en la cabeza lo derribó.

En la memoria de sus compañeros persistió permanentemente la angustia y el dolor por aquella pérdida cuando el triunfo era cuestión de horas. El General de Brigada Enrique Acevedo significó ese minuto terrible en su libro Descamisado. “Voy hasta la clínica donde yace, lo veo igual, solo un poco más pálido. El disparo le dio en la parte alta del cráneo. Su gente lo rodea en silencio”.

Tras la toma de la central eléctrica y toda la parte noroeste de la ciudad (como él mismo escribió en Pasajes de la Guerra Revolucionaria), el Che anunció que Santa Clara estaba casi en poder de la Revolución. Y también la muerte del Vaquerito. En ningún texto ni alusión suya aparece la frase “Me han matado a cien hombres” que hasta hoy se le atribuye. Aleida March refirió el tema en su libro Evocación. Jamás olvidará la ensangrentada melena de cabellos leoninos, las convulsiones de su cuerpo, y que el Che al examinarlo expresó que ya eran los estertores de la muerte.

Pero esas palabras aún resuenan en libros y en la oralidad. “Yo no se lo escuché decir”, asegura Aleida March. Y es casi seguro que no lo dijo. Tampoco el Che se detuvo a desmentirlo. Él, acreedor como nadie del sueño por la emancipación humana, tal vez no quiso rasgar el epílogo de la leyenda inmortal del Vaquerito.

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