El legado de un héroe: Juan Delgado

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¿Fue víctima de la traición el coronel Juan Delgado González? Es casi seguro. El espionaje hispano resultó muy eficiente en el seguimiento a los principales jefes cubanos. Desde el 10 de abril de 1898, el Capitán General Ramón Blanco y Erenas había promulgado un alto al fuego (no acatado por los cubanos, por cierto), y prácticamente no se combatía. El jefe mambí quería encontrarse con su novia Lolita, y por supuesto que lo comentó en su círculo cercano. Aquella numerosa tropa española que cercó a la veintena de patriotas en un potrero contiguo a la finca donde vivía la joven, no pareció concurrir al sitio por pura casualidad.

Fue una celada, y el propio ensañamiento de la soldadesca peninsular lo prueba. Fueron sorprendidos los patriotas, pero hubo combate. Y cargaron como verdaderos centauros contra aquella fuerza desproporcionada que se le encimaba.

Y hasta se afirma que lograron destrozar la avanzada enemiga. Con Juan Delgado González estaban en aquella hora suprema sus hermanos Donato (comandante) y Ramón (capitán). Se quedaron sin caballos, y usaron la grupa de las cabalgaduras de otros compañeros. Al fin se impuso la diferencia numérica, se cerró el cerco de fuego sobre los valientes, que cayeron aquel 23 de abril de 1898 como lo que eran: gigantes.

Entre los muertos estaba Eugenio Pedroso, el asistente del Coronel, pero allí fueron muchos los que ofrendaron la vida. La canción Su nombre es pueblo bien dice que no se saben las señas “del que cayó con el machete, en el mismo lugar, donde tiempos más atrás cayeron otros. Otros sin nombre”.

Águeda González se llamaba la madre que allí perdió de un solo golpe a tres hijos. ¡Y es tan poco lo que de ella se sabe! Es casi una desconocida, y resulta un acto de gratitud salvarla de la desmemoria. Ella, que trajo al mundo al hombre de la carga salvadora de la Revolución aquel aciago lunes 7 de diciembre de 1896. Y hasta resulta simbólico el nacimiento de Juan Delgado González el 27 de diciembre de 1868, cuando en el Bayamo insurrecto Carlos Manuel de Céspedes firmaba el famoso decreto de abolición de la esclavitud. El valiente llevará siempre como distancia la edad de la llama por la independencia de la Patria.

Y habrá que ir una y otra vez a su actitud en el combate de San Pedro, en Punta Brava. Primeramente está la reacción ante la sorpresa. Fue su tropa la que actuó con auténtica organización. Eso evitó que las avanzadas españolas llegaran hasta la hamaca de Maceo. Al caer el Titán, la gente cercana se derrumba, hasta se desmoraliza, pero Juan Delgado González no se deja abatir por aquella tragedia.

En los libros se consigna un reclamo para que lo siguiera quien tuviera valor. Eso es un eufemismo del texto que no tolera frases más duras, porque realmente dijo: “El que sea cubano, que se sienta patriota, y tenga c……, que me siga”. Y lo siguieron 14 compañeros que se internan en las filas enemigas para rescatar los cadáveres del Lugarteniente General Antonio Maceo Grajales y su ayudante, el Capitán Panchito Gómez Toro.

Aquella acción evitó el ultraje probable a la manera de Weyler, y el desplome momentáneo de la causa independentista. Juan Delgado González logró desinformar brillantemente a los servicios secretos del integrismo, y con un pariente suyo hace el Pacto del Silencio para que nadie sepa dónde están enterrados los cuerpos. Solamente debía de informarse al Generalísimo y al presidente de la república constituida tras la independencia.

El Coronel no se contó jamás a sí mismo como parte de esa historia, como si supiera de antemano su destino. Como si lo presintiera. Y el lugar escogido por él, El Cacahual, trascenderá por los siglos como el descanso eterno del hombre de Baraguá. La naturaleza sacra de aquellos parajes de Cuba está en la decisión misma del jefe del rescate.

Hace relativamente poco tiempo, la Editora Política publicó el volumen En torno a un insigne mambí, del historiador cubano José Márquez Fariñas. El autor cuestiona con acritud la versión del General José Miró Argenter, quien según sus palabras, como Jefe del Estado Mayor de Maceo, debió permanecer a su lado pasara lo que pasara. “Después escribió cosas sobre Juan Delgado –asegura el investigador—cuando ya él estaba muerto y no se podía defender”.

Para la historia están las palabras de Máximo Gómez, de que todo quien quiso a su hijo, le agradecería por siempre aquella página. Fue tal la barbarie aquel 23 de abril de 1898, que el cadáver de Juan Delgado González pudo ser identificado por la dentadura. La soldadesca asesina hasta le arrancó los genitales. Cobarde acción ante el legado de un héroe que halló la muerte –como bien dice el poeta—en una carga por el amor, que desde su dimensión aún reclama que le sigan desde el coraje y la condición de ser cubanos.

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