El día que se abrió el cielo

La palabra resulta un obelisco a la memoria del Comandante en Jefe. Y seguramente el más grande. Como en los evangelios, la condición probatoria de la verdad y de la dignidad se halla en la prédica, en el verbo que convoca, que no recomienda descanso, que no sabe de miedos, que se propone desafiar a la mismísima muerte.

Encarar el peligro y asumir la trasmigración definitiva del alma, siempre ocupó el destino de los próceres de la epopeya cubana. Poco antes de marchar a la Guerra Necesaria que él mismo organizó, el Apóstol escribió en el periódico Patria que “morir es seguir viaje”. Y nadie pone en tela de juicio que la inquietud y el tránsito eterno por los caminos de la historia, sean signos de la presencia viva de Fidel.

Aquella desgarradura por la partida física del líder amado, significó en la vocación de cada buen cubano la prioridad de continuar la obra del fundador de la Revolución Cubana. El propio Martí había consignado hace más de 130 años que la muerte es reanudamiento, tarea nueva. Fidel nos acompañó siempre en cada encrucijada difícil, y aquellos días de noviembre guardaron sin falta la más grave y dolorosa de todas.

En fecha tan temprana como enero de 1959 adelantó lo que serían las calles de Cuba cuando muriera aquella generación guerrillera. Y dijo entonces que volverían a saber del paso multitudinario del pueblo a manera de homenaje póstumo. Y ante la insistente pregunta de si su obra le trascendería, respondía una y otra vez que el devenir histórico aseguraba la continuidad. “¿Alguien lo duda?”, les preguntó en una ocasión a sus propios compañeros en la dirección del país.

Y de sus camaradas supo despedirse sin dramatismos ni sentencias lacrimosas. El 16 de abril de 2016 les dijo en plenaria del Congreso del Partido que a todos les llega su turno, y que seguramente era esa la última oportunidad de estar con ellos. Y en aquella intervención, acaso su testamento político, dejó una relatoría impresionante de urgencias para una nación que nació al límite, y que ha debido vivir en esa dramática coyuntura en la vecindad con su enemigo histórico.

El presidente bolivariano Nicolás Maduro Moros, confesó luego su profunda conmoción cuando Fidel les aseguró a compañeros cercanos, él incluido, que estaría con ellos hasta los noventa. “Ahora les toca a ustedes”, les dijo. Y el 13 de agosto de 2016 coronó el esfuerzo de pensamiento, de ensayo histórico-social y editorial de Cuba.

Desde el concepto de revolución expuesto el primero de mayo de 2000 en La Habana, comprendemos mejor la perennidad de su obra. La Revolución Francesa parece un rapto decisivo pero fugaz en el ocaso del siglo de las luces. El Octubre ruso suele inscribirse en 1917. Algo similar ocurre con la clarinada china en el otoño de 1949. Pero la Revolución Cubana permanece como un proceso, que durará en tanto se verifiquen las premisas sostenidas por el Comandante en Jefe. Y en esa vigencia hay un hogar para el líder inolvidable.

Opuesto a todas las formas posibles del culto a la personalidad, jamás comulgó con el ditirambo stalinista, ni con la autocondecoración de la dirigencia soviética. Como última voluntad, quiso que su muerte remedara la imagen de su propia vida: nada de monumentos, ni calles, ni instituciones que anunciaran su nombre. De reconocida raigambre martiana, fue un justo. Quizá por eso, en su partida “la tierra toda se sienta a ver como se abre el cielo”.

 

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