El cuartelazo de Batista

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Ebrios de euforia por el éxito del golpe traidor del 10 de marzo de 1952, Batista y sus acólitos subestimaron la reacción de los cubanos. El madrugón de la apostasía pretendía la acción apabullante, sembrar el pánico, desmovilizar a la gente. Tal vez fue el mayor error del sátrapa. Aquella acción sería un detonante nunca imaginado por sus gestores.

En carta a Gonzalo de Quesada en 1892, José Martí escribió: “No es posible vivir en la tragedia perpetua: ni sin ella”. El cuartelazo borró la constitucionalidad del país, cercenó las garantías, y abrió un capítulo siniestro para la existencia misma. Pero despertó conciencias, desperezó a la inercia, y posibilitó colaboraciones hasta entonces impensables.

La corrupción del gobierno de Carlos Prío Socarrás, allanó en buena medida el asalto de aquella jauría contra las instituciones republicanas. Recuérdese que el suicidio del jefe de la ortodoxia, Eduardo Chibás, se había originado por la imposibilidad de presentar pruebas de negocios turbios de un personero del régimen auténtico.

Durante varios días precedentes al golpe, el propio Fidel venía denunciando en la prensa aquel chanchullo perverso y descomunal. Incluso llegaron a culparlo de lo ocurrido el 10 de marzo de 1952, porque semejantes denuncias habrían desmoralizado al gobierno, hasta hacerlo indefendible.

Aquella jornada difícil vendría a confirmar la cultura política de la juventud cubana. Como se sabe, la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), había sido un ente crítico acerbo de la administración priísta. Y sin embargo, al conocerse la presencia de Batista en Columbia, una delegación de estudiantes se personó en el Palacio Presidencial a dispensarle el apoyo al mandatario en función de la constitucionalidad escamoteada. Y pidieron armas. Prío las prometió, pero jamás las envió.

Siempre quedó en el aire, justo es decirlo, la suspicacia de que el golpe militar batistiano fue de común acuerdo con Carlos Prío Socarrás. La campaña de los ortodoxos se basaba precisamente en el adecentamiento del país, barriendo a los corruptos. (Recuérdese que la escoba era el símbolo del Partido del Pueblo Cubano.) El esperado triunfo de los seguidores de Chibás era temido igualmente por los conspiradores y por la camarilla del presidente depuesto.

Pero en honor a la verdad, si bien es cierto que Prío jamás quiso arriesgarse en una empresa seria, sí aportó fondos para luchar contra el dictador. Como se sabe, el tirano de República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo Molina, sufrió siempre una particular ojeriza contra Cuba. Sus relaciones con el régimen del 10 de marzo de 1952 se signaban por recelos mutuos. Y hasta se concertó una alianza de Prío con aquel sórdido personaje del país vecino, para combatir a Batista. (Y Batista, despojado de toda aureola, hallaría refugio en su fuga en la hospitalidad incómoda de Trujillo. Pero eso sería otra historia.)

De lo ocurrido aquella madrugada de marzo, hay todavía mucha tela por donde cortar. En el libro Batista: el Golpe de Ediciones Unión, los autores José Luis Padrón y Luis Adrián Betancourt aseguran que hubo realmente dos golpes: el dirigido por el capitán Jorge García Tuñón y los suyos contra Prío, y el de Fulgencio Batista Zaldívar contra esos militares rebelados. Lo mismo opina el periodista cubano Ciro Bianchi Ross, en la documentada investigación sobre los sucesos, publicada en su compilación Contar a Cuba…una historia diferente, procesada por la Editorial Capitán San Luis.

El propio Fidel recordaría más de una vez la saga seguida tras los sucesos de aquella madrugada. Había sido particularmente duro en relación con el gobierno depuesto, pero existía una señal de peligro inminente. El abogado que poco tiempo después devendría el líder indiscutible de la Revolución Cubana, llevaba un proceso judicial contra el teniente Rafael Salas Cañizares, el asesino de Carlos Rodríguez en una protesta contra el alza del precio del pasaje de los ómnibus urbanos.

Los tribunales solicitaban 30 años de prisión para el criminal. Pero unido a los golpistas, Salas Cañizares fue investido brigadier general jefe de la Policía Nacional. Con mucha pompa y en presencia de Batista en su despacho, el Ministro de Defensa Nicolás Pérez, le puso el nuevo grado en el hombro derecho, en tanto que el jefe del ejército, el general Francisco Tabernilla Dolz (Pancho) hizo lo mismo en el hombro izquierdo.

Fidel tomó sus propias precauciones. El día 12 de marzo estaba en la casa de una conocida activista ortodoxa (Eva Jiménez era su nombre). Allí escribió el famoso manifiesto ¡Revolución no, zarpazo!, donde no solamente condenó el cuartelazo, sino que en premonición formidable aseguró que había tirano otra vez, pero que también habría Mellas, Trejos y Guiteras.

Antes de apelar a la opción de las armas, Fidel dio combate en el marco de las leyes. En su célebre alegato La historia me absolverá, recordó aquellas gestiones infructuosas en los tribunales, solicitando 108 años de cárcel para Fulgencio Batista Zaldívar y 17 cómplices, según estipulaba el Código de Defensa Social.

El régimen de terror instaurado en Cuba en marzo de 1952 cerró las puertas a toda acción civilista, y abrió las puertas a lo que sería la obra social y humana más grande del siglo XX. Llegaría al escenario político la Generación del Centenario del Apóstol, aquel que escribió para el periódico La Nación de Buenos Aires: “Jamás sin dolor profundo produjo el hombre obras verdaderamente bellas”.

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