De nuestro Himno Nacional y su historia

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Fue en la fiesta del Corpus Christi de la Iglesia Mayor de Bayamo, donde por primera vez se escucharon los acordes de lo que sería con los años el Himno Nacional de Cuba.

Perucho Figueredo le pasó copia en mayo de 1868 de La Bayamesa al maestro Manuel Muñoz Cedeño para que la instrumentara, y allí estaba el hombre aquel 11 de junio de 1868, batuta en mano, dirigiendo la banda en la celebración que honra a Jesús dentro del sacramento de la Eucaristía. 

Por cierto, trascendió una anécdota bastante reveladora. En el lugar estaba, por supuesto, la plana mayor de las autoridades españolas en la ciudad. El Teniente Gobernador Julián Udaeta advirtió “algo” en la pieza, que rompía con el aliento religioso de la jornada. Dicen que hizo llamar al autor, al Gallito Bayamés alto y delgado, de lentes octogonales, de mirada miope pero límpida, para recriminarlo, para decirle que aquella melodía andaba muy lejos de la liturgia católica. 

 “¿Y usted, qué sabe de música?”, dicen que respondió Perucho. El Teniente Gobernador le respondió más o menos que tenía razón, que de música no sabía nada, que podía marcharse, pero sin convencerlo. 

Bien, el propio Udaeta admitió no saber, pero habría que reconocerle cierta capacidad de apreciación. La Musicología certifica la denominada información aleatoria, es decir, ese mensaje no recogido ni en la partitura ni en el texto, que está en la naturaleza interior de la obra. 

La Bayamesa, como marcha de combate, debió de sonar extemporáneamente dentro de un programa de cánticos cristianos. El jefe de la plaza, al parecer, hizo la llamada de atención de rigor a un conocido sospechoso de infidencia, pero sin saberlo estaba de alguna manera ejerciendo la crítica musical. 

La reacción del Teniente Gobernador de Bayamo, desmiente desde aquel propio inicio el juicio propalado muchos años después desde Miami, de que La Bayamesa fue un plagio vulgar de una danza de Mozart. El musicólogo cubano Jesús Gómez Cairo admite la existencia de un pasaje corto del niño prodigio de Salzburgo, pero que no es ni remotamente –dijo—toda la música del Himno. 

De paso, este investigador, director del Museo Nacional de la Música, significa la partitura de puño y letra de Perucho Figueredo, de la segunda versión que él hizo de la obra, que según sus palabras, constituye el documento emblemático de la colección documental de la institución. 

Como la partitura original no podía estar en todas partes, la música de La Bayamesa se fue modificando de acuerdo con el parecer de la gente. Sería imposible contar la cantidad de armonizaciones. El historiador cubano Roberto A. Hernández Suárez incluye en su libro sobre Carlos Manuel de Céspedes, una versión distinta encontrada en la Sección Poética de la segunda edición suplementaria del periódico El Cubano Libre, del 27 de octubre de 1868, es decir, solamente una semana después de la toma de Bayamo por los mambises. 

Cuando al fin se oficializó como Himno Nacional en 1940, se suprimieron las estrofas donde se cantaba la muerte de España. A partir de una propuesta del musicólogo cubano Odilio Urfé en la Asamblea Nacional del Poder Popular, se estableció la versión actual y definitiva. 

En más de una parte, aparece escrito que el Teniente Gobernador Julián Udaeta, prisionero de los cubanos en el Bayamo insurgente, confirmó –aunque demasiado tarde—sus sospechas al escuchar desde su encierro aquel delirio trepidante del pueblo que entonaba las estrofas de La Bayamesa. Después, el gobierno hispano lo condenaría a 10 años de prisión. Unos piensan que por negligencia. Otros hasta creen que colaboró con los patriotas cubanos en octubre de 1868. 

El coronel Dionisio Nobel Ibáñez, jefe de la guarnición española de Bayamo, trataría tenazmente de desacreditarlo. Al final, el Tribunal Supremo de Guerra y Marina desestimó la causa seguida contra el primer oído enemigo, atento de la obra guerrera de Perucho Figueredo, interpretada en la fiesta del Corpus Christi en Bayamo el 11 de junio de 1868, y que desde hace 150 años nos llama al combate con la autoridad moral que le confiere la sangre misma de su autor.  

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