Clavellinas, recuerda hermosos suceso de colaboración e identidad

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alzamiento-las-clavellinas Foto Cuba-educa

El Camagüey heroico tuvo en la aurora de noviembre un sitio en el altar de la Patria. Tres semanas después del grito en el ingenio Demajagua, la Junta Revolucionaria de Puerto Príncipe acordó ir a la guerra en una reunión en el Liceo de la comarca. El detonante fue un alijo de armas que debía entrar desde Nuevitas en tren. Al final, el embarque jamás llegó. Pero la decisión firme de Salvador Cisneros Betancourt echó las suertes en la gesta.

De alguna manera, eso explica el lugar del alzamiento, a tres leguas de la ciudad, sobre el camino de Nuevitas, en el ahora famoso paso de Las Clavellinas del río Saramaguacán. Por estos días, las imágenes del monumento le dieron la vuelta al mundo. Allí concurrieron aquel cuatro de noviembre 76 conspiradores dispuestos a secundar el movimiento comenzado el 10 de octubre de 1868.

Secundarlo pero no acatarlo. Para el Camagüey, Joaquín de Agüero era el iniciador de todo. Levantaron su pabellón, el mismo de Narciso López y de Isidoro Armenteros. La improvisada tropa marchó bien temprano hasta el ingenio El Cercado, propiedad entonces de Martín Castillo Agramonte, donde se organizó en siete pelotones con sus respectivos jefes.

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Los insurrectos definieron los mandos. Jerónimo Boza Agramonte, primo de Ignacio, fue designado jefe militar superior de Camagüey, cargo que ocupó solamente por unos días. Su segundo fue Gregorio Boza. En la bibliografía numerosa al uso, se reitera que ni Cisneros ni Ignacio Agramonte participaron en el levantamiento de Las Clavellinas por encontrarse cumpliendo tareas de apoyo en Puerto Príncipe.

En su libro Introducción a las Armas, el historiador cubano José Abreu Cardet, sostiene que aquella gente de las extensas sabanas del centro-oriente, de fuerte tradición ganadera, era un mundo de otra geografía. La Premio Nacional de Historia 2015, Elda Cento Gómez, recuerda que esa base económica de la región definirá su papel en el devenir de los sucesos, aunque ella misma anota que el universo del azúcar comenzaba a abrirse paso.

La prestigiosa investigadora y ensayista cubana significa igualmente el papel de la Real Audiencia de Puerto Príncipe desde su apertura en el casi remoto junio de 1800. Y denota la cantidad de gente informada, de tantos hombres del Derecho, de tribunos que van a la guerra en Camagüey, lo cual tendrá una impronta inevitable en abril de 1869 en la Asamblea de Guáimaro.

Siempre flotó en el aire la pregunta de si en Las Clavellinas se leyó algún manifiesto como ocurrió en Demajagua en octubre. La propia Cento Gómez piensa que no. Y para eso alude un documento hallado por Ricardo Muñoz sobre el Acuerdo de Jobabo, una concertación de partidas alzadas en el sur del territorio, que le preguntan a la Junta Revolucionaria de Puerto Príncipe en torno a los objetivos del pronunciamiento.

Como se sabe, los camagüeyanos eran partidarios de esperar un poco más, de reunir una mayor cantidad de recursos para ir a la guerra. Hasta hoy perdura la leyenda de que intentaron marcharse de la reunión de San Miguel de Rompe en agosto de 1868, ante la encendida arenga de Carlos Manuel de Céspedes. Pero no era un punto de vista privativo de ellos.

En el Oriente también los había de idéntico criterio. Francisco Vicente Aguilera, el más rico de todos, pensaba lo mismo. Luego este hombre, el que más perdió por la causa de Cuba, que era el jefe desde los preparativos, reconocerá en un excelso acto de humildad el liderazgo de Céspedes. Toda esa gente que sugería postergar las acciones ante la precariedad de medios, fue tomada por sorpresa con el Manifiesto del 10 de octubre y el revuelo por el combate del día siguiente en Yara.

Los camagüeyanos y la autoridad revolucionaria del Bayamo insurgente, estaban en las antípodas en cuanto a los métodos de hacer la guerra. Quienes se levantaron en Las Clavellinas el cuatro de noviembre de 1868 no parecían tener muchas simpatías por Céspedes y los suyos, pero sabían que si la jurisdicción de Puerto Príncipe no apoyaba, España concentraría sus fuerzas sobre Oriente y la Revolución podía sucumbir.

Y a pesar de las enormes diferencias, del escaso o casi nulo afecto entre ellos, incorporaron al Camagüey a aquel esfuerzo titánico por conquistar la libertad. Antepusieron su amor por Cuba, sin pensar en empatías personales, que desgraciadamente años más tarde socavarían la unidad. Para el ejército español apareció entonces un escollo en el pretendido puente hacia el este. En Las Clavellinas se verificó un hermoso suceso de colaboración y de identidad.

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