Cinco letras, un hombre y un país

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El recuerdo de un hombre en la memoria de tres personalidades cubanas de diferentes ámbitos, la evocación de una historia contada a tres voces, como premio de una tarde de jueves que —desde la Casa del Alba Cultural en La Ha­ba­na— engalanó las celebraciones de la 25 edición de la Feria Internacional del Libro con el Co­loquio dedicado al mayor artífice y protagonista de la Revolución Cubana, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

Katiuska Blanco —periodista, escritora e investigadora—, Abel Prieto —asesor del Pre­sidente de los Consejos de Estado y de Mi­nistros— y el Comandante de la Revolución Guillermo García Frías, en ese orden, ayudaron a dilucidar el Fidel que ellos conocen, a mostrar el hombre más allá del héroe, su liderazgo innato y la sensibilidad que él no ha dejado disminuir jamás, aun con la dureza de los tiempos que le han tocado vivir. Y también, la fe en la gente, el halo de victoria que le persigue como sombra, y mil y una anécdotas que lo hacen más nuestro, más humano, más Fidel.

Para el Comandante Guillermo García Frías, Héroe de la República de Cuba, el orgullo expreso por haberle acompañado en este largo y difícil trayecto ha estado plagado de momentos inolvidables, instantes que él acaricia con el paso de los años. Y ahora los comparte. Rememora ante los asistentes al Coloquio los detalles del primer en­cuentro, cuando desembarcó (en 1956) —dice— por el lugar equivocado y casi impenetrable. “Cuan­do yo encontré a
Fidel pensé hallar a un hom­bre sin ánimo” (por las vicisitudes del de­sem­barco, el bautizo de fuego enemigo y la dispersión de los expedicionarios), en cambio vio a “un hombre que parecía haber ganado todas las guerras”.

Entonces a García Frías le parecen sacados de apenas ayer, los pasajes de los 30 kilómetros recorridos en toda una noche con él, la expresión de que “ahora sí se gana la guerra”, el respeto que generaba hasta en adversarios, su trato a los prisioneros de las fuerzas contrarias, la solidaridad y espíritu de colectivo para con su tropa, y hasta la tableta de chocolate que mandó a fraccionar en 26 porciones para engañar igual número de estómagos hambrientos. “Un hombre que no se parece a nadie” —confiesa— y “un abogado de sus ideas”; primero las forma y luego las defiende con fuerza.

“¡Mira la voluntad de un hombre!”, dice al cerrar una anécdota. “¡Mira la voluntad de un dirigente!”, afirma al concluir otra de tantas. “Eso es Fidel Castro. Esas son las acciones de Fidel”, el mismo para quien perder un compañero en el combate era “un día de enfermedad, de sufrimiento”. Y más adelante, sentencia en mayúsculas este amigo de las mil batallas: tenemos una suerte tremenda. Tenemos a Fidel que va a cumplir 90 años; tenemos a Raúl, su mejor alumno; y tenemos una juventud que es lo que más vale, con una historia tan grande. Porque la historia de la Patria es una deuda que hemos contraído.

Abel Prieto, en motivador recorrido por la relación del líder con la cultura y sin obviar cada hito, ayuda a redescubrirlo mediante sus acciones, su ejemplaridad. Una de las características  más deslumbrantes —subraya— es la de un hombre con una mirada estratégica hacia el futuro y una pasión por el detalle. Un perfeccionista del detalle. Pero sobre todo, al­guien muy sensible a la realidad de otros, decidido a “romper el círculo vicioso de la marginalidad” y también, a combatir “cualquier síntoma de injusticia”. El mismo que una vez antepuso el decirles a la gente “lee”, por encima del “cree”.

Blanco, quien es autora (entre otros títulos sobre la vida de Fidel) de los libros Todo el tiempo de los cedros y Fidel Castro Ruz, Guerrillero del Tiempo. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana, describe —en su primer turno a la palabra— el encuentro pionero, su deslumbramiento ante la erudición de él, su capacidad de sedimentación de conocimientos y de escucha, y esa cualidad tan suya de adelantarse a sus contemporáneos, y a su tiempo.

Al hablar del Comandante en Jefe, pasan volando ante ella consejos (“Una idea se desarrolla”), pláticas, horas, una vida en flashazos. Y asevera: Fidel empieza por un punto mínimo en la vida y termina haciendo árboles frondosos con todo lo que se propone.

Algo que percibió cada uno de los entendidos y seguidores de la obra del líder que allí estuvieron, al llevarse a casa un compendio de Re­flexiones junto a títulos sobre la vida de quien resulta, para muchos profesionales del gremio periodístico en el mundo, una de las personalidades —si no la principal— que más quisiéramos tener en la silla de entrevistados; ese estadista, político, líder, intelectual, guerrillero, estratega… pero ante todo, hombre de pueblo —de su pueblo— con el que los cubanos nos ahorramos formalismos, por la familiaridad que inspira y el amor que despierta, y al que preferimos llamar con cinco letras que entrañan la grandeza y humanismo de quien los cultiva: Fidel.

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