Carilda, esa mujer poesía

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Murió Carilda. La noticia llegó así de un soplo. Una nunca espera, una nunca quiere que las personas que ama o admira digan adiós definitivo y es que Carilda Oliver Labra, esa gloria de la Cultura Cubana nos acostumbró a su muy buena poesía, a su sonrisa, a su desenfado.

La belleza quedó detenida en el tiempo, la inmensidad de su mirada siempre cielo seducía y más aquella manera de hablar, sugerente, atractiva, cautivadora.

Los años marcaron su piel, dejaron huellas en el rostro de la novia de Matanzas, de la mujer adelantada a su tiempo,pero nada quebrantó su lozanía, y es que nada es nada y Carilda siempre fue y es más.

Arropada por los colores que cada quien ha querido darle, más, diestra en esa manera sublime de aceptar esa voluntad infinita de los que aman sus versos, capaces de dibujarla a su antojo.

Emancipadora de su realidad, libre en su poesía tal vez atrevida pero bella, inmensa es la manera de ser la mujer que fue y es, atrevida, sin temores, con la agudeza de la picardía más fina y seductora.

Murió Carilda y casi que no lo creo, no siempre la muerte es totalmente verdad, cuánto tanto se ha dado a la vida, allá donde el reposo la aguarda, no pude haber tristeza, la alegría debe andar desordenada, no puede ser de otra manera.

 

Última Elegía

Carilda Oliver Labra


Yo podría decir que estoy de primavera
bajo un aire oloroso a luz definitiva,
y podría tapar la mirada bisiesta
que se me está cayendo afuera de la vida;
y ser de flor, de lluvia, de mariposa buena,
semejante a este cielo cuidado por la brisa,
a la ignorancia simple con que quiere una abuela,
o a la salud del alba, que es casi campesina…

Pero me estoy llorando el corazón que llevo
frente al hombre que tiene un poco de mi frío.
Ya no puedo dormir con párpados violentos:
él me espera despierto en la calle del vino.

Quizás debo acordarme de este color que tengo
y debo ser más tibia que un rincón de olvido.
Le diré blandamente con mi voz de febrero:
Enséñame una llama que se apague distinto.

Y estaremos las noches que le falten al tiempo
en el lugar humilde donde se acaba un trino;
él, con la frente inútil que le puso el invierno,
y yo, como un adiós sujeto en el vacío.

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