Camagüey, miércoles 21

Fidel-y-Camilo-en-el-balcón-del-regimiento-de-la-policía-de-Camagüey-el-21-de-octubre-de-1959-foto-cubadebate

La conspiración de Huber Matos en octubre de 1959 en Camagüey no debió de ser una sorpresa para Fidel. Y no solamente porque el Delegado del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) en aquella provincia, Jorge Enrique Mendoza se lo informara de antemano. El Jefe de la Revolución conocía bien al personaje. No había lugar para un shock desconcertante.

¿Cómo escaló entonces en la cadena de mandos del Ejército Rebelde? El propio Fidel decía que, en la última ofensiva de la tiranía contra la Sierra Maestra, cayeron muchos cuadros y se vio en la necesidad de asignarle la jefatura de una columna. Desde entonces le pareció arrogante y ambicioso, pero tenía cierta cultura, y tal vez por eso creyó que se podía trabajar con él.

El poder seductor del líder revolucionario estaría ante durísima prueba por la unidad. En unos, el anticomunismo era siembra natal. Algunos comunistas pensaban hacerse del poder después del triunfo porque, al fin y al cabo, eso afirmaban los manuales. Huber Matos era de derechas, pero no era el único. Mucha gente humilde, contaminada por el prejuicio contra el socialismo, terminó luego asumiéndolo en la empresa emancipadora del proceso cubano.

A los pocos días de la entrada triunfal en La Habana, Huber Matos fue designado jefe militar de Camagüey. Quizá, más que a una trinchera, Fidel le encomendaba a una escuela. Era la ocasión de integrarse a la tarea plural de un pueblo y crecer. Pero más pudieron sus egoísmos, sus miedos y sus obcecaciones. Y aprovechó oportunistamente el puesto para obstaculizarla y frenarla.

Porque fue eso, traición, con todas sus letras. Después tratará de justificarse, y como oportunista al fin, sacar provecho de la desaparición de Camilo para inventar diálogos que no existieron. En el libro Cómo llegó la noche, en todo caso, están juntas sus frustraciones como jefe supremo y como dramaturgo. Y para explicar su naufragio, no se le pudo ocurrir otra cosa que mentir.

Siempre afirmó que su carta de renuncia a Fidel del 19 de octubre era absolutamente privada. ¡Falso! No era un pobre hombre, solitario y decepcionado con el presunto rumbo comunista de la Revolución, que discretamente dejaba su cargo y se quitaba del camino. Nada de eso. Devino centro de una conspiración donde acólitos suyos dominaban el texto de la aludida epístola y muchas cosas más.

Pero la página más truculenta tiene que ver con su arresto. Aseguró que Camilo estaba apenado por la orden de detenerlo. De creer en sus palabras, allí estaba él, vertical, valeroso y digno, explicándole al jefe del Estado Mayor del Ejército Rebelde sus elevadas razones. Y según sus palabras, Camilo fue de inmediato al teléfono para decirle a Fidel que actuar contra él era una “metedura de pata”, pero que le respondió airadamente que había que apresarlo.

En ese preciso momento, el Comandante en Jefe caminaba con su pueblo por las calles de Camagüey, sin armas, rumbo al Regimiento Agramonte. Y la primera llamada de la telefonía móvil vendría a verificarse en 1973, varios años después. En aquel instante, desde el punto de vista técnico, la llamada no era posible. Sin embargo, es el mismo Camilo quien dejó suficientes testimonios para desmentirlo y para juzgarlo.

Aquel 21 de octubre de 1959, que devino histórico, supo de la palabra del Señor de la Vanguardia en el Teatro Agramonte, donde ofreció detalles de la intentona contrarrevolucionaria. Dijo que hacía ya meses que se sabía que Huber Matos no era fiel a la Revolución, ni a la Patria, ni al Ejército Rebelde, que se conocía su complicidad con la traición de Pedro Díaz Lanz, pero se pensó que rectificaría.

Y transcribo un pequeño fragmento del discurso del Héroe de Yaguajay: “El comandante Huber Matos se había entregado a una mala causa, y lo sentimos doblemente porque junto a él, engañados, llevó a un grupo de valiosísimos, honrados, honestos y valientes compañeros, que no conocían, que no sabían de la actitud indigna de Huber Matos”.

Hay muchas palabras grabadas en la historia, como para aceptar la leyenda de un Camilo solidario con Huber Matos. Aquella noche, el comandante del sombrero alón admitió que llegó ese día a Camagüey “no con la sonrisa en los labios, ni con el abrazo fraterno”. Y si faltara un juicio definitivo sobre el personaje arrestado, recordemos que allí sostuvo que era triste ver hombres que flaqueen, débiles, cobardes, ambiciosos.

También quedó la constancia escrita, puño y letra de Camilo para el periódico de la provincia del centro-este cubano: “Por conducto del Diario Adelante somos nosotros quienes decimos Gracias, Gracias pueblo Camagüeyano, tu presencia en el Campamento Agramonte ayudó a solucionar una nueva traición a la Patria, hombres habrá traidores pero pueblos no y menos Camagüey”.

Unas fuentes aseguran que fueron 30 mil personas. Otras estiman que eran 50 mil. Lo cierto es que aquella jornada del 21 de octubre de 1959 devino la primera marcha del pueblo combatiente. Sé de mucha gente que piensa que jamás se le debieron dar tantas oportunidades a Huber Matos. Fidel le recordaba en una carta su responsabilidad con los demás “en el papel que hoy desempeñas”.

Los grandes hombres de la historia de Cuba siempre apostaron por salvar. Recuerdo aquella imagen de Enrique Collazo sobre el Apóstol José Martí: “tenía la manía de hacer conversiones, así es que no le faltaban los desengaños”. Por mucho que lo negara, Huber Matos emprendió por su propia voluntad el camino sin regreso de la traición.

 

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