Benedetti y el asma

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Al igual que Marcel Proust y Le­zama Lima, Mario Benedetti fue un asmático crónico en lucha pe­renne con la enfermedad que nunca lo do­ble­gó en su empeño de convertir la vi­da en arte.

En el policlínico Asclepio, en la consulta del profesor Rodríguez de la Vega, lo conocí una mañana de 1976, ambos con los bronquios contraídos y esa respiración anhelosa que los integrantes de la cofradía se descubren a vuelo de pájaro y frente a la cual se suele guardar la  mayor consideración.

Los que padezcan la enfermedad saben que hay dos cosas que un as­mático en plena crisis no soporta: que lo miren, y que le hablen. Re­su­ltar in­visible ante los ojos de los ino­por­tu­nos se torna entonces una suerte de dicha.

Los asmáticos conocen la regla y a no ser las excepciones de rigor, la cumplen. De ahí que aquella ma­ñana, el insigne escritor y su joven admirador —primeros en llegar a la consulta— trataran de aislarse del mundo posando la mirada aquí y allá, nunca mirándose fijamen­te, cada uno contando con la comprensión del otro.

Al llegar mi turno para realizar no recuerdo qué prueba, me dirigí a su asiento, le extendí la mano y sa­cando de la reserva dos segundos de entusiasmo le dije: “Me leo todo lo suyo, maestro”.

El no tuvo para tanto al responder “gracias” y sonreír con aque­lla expresión de hombre bue­no y hu­milde que siempre lo acom­pañó.
Vivió 88 años, tocó la gloria y escribió en poesía y prosa de cuánto tema quiso, incluyendo un cuen­to sobre la comunión espontánea que se establece entre dos en­fer­mos de asma cuando se encuentran.

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