Béisbol cubano y la vida

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Una canción de nuestros días asegura que el béisbol se parece a la vida, en realidad es mucho más que eso, en el caso de Cuba, ese deporte fija esencias raigales de su identidad. 

En el suceso de la otredad, en la necesidad de los cubanos de diferenciarnos de la metrópoli española, la pelota desempeñó un importantísimo papel antropológico. 

Resulta consabido que el béisbol fue asumido como una alternativa cubana ante las corridas de toros de los españoles; en tal caso, para la historiografía nacional constituye un elemento significativo que en los clubes de pelota en la centuria decimonónica se albergara tanto sentimiento independentista.  

Jamás fue extraño que allí donde se sintiera ardientemente el deporte, habitara un proyecto conspirativo o de apoyo a la causa de la libertad. 

Alguien dijo una vez, medio en serio, medio en broma, que los cubanos somos desde el principio un pueblo de batos y areítos y es que la pelota dispone de un lugar para la concepción del sello identitario junto a las claves exactas del código de la cultura cubana, allí donde están las fundamentales células rítmicas que determinan hasta nuestro paso por la vida. 

En tanto el propio son sea efectivamente concepto, así también lo será el béisbol en la dinámica de la cubanidad, uno y otro confirman altas convocatorias y se dibujan como pistas de integración colectiva, donde todos y cada uno de los cubanos nos reconocemos y nos reencontramos.  

Los elementos del juego definen el espectáculo, y muchos de sus tecnolectos nos colorean lo cotidiano: “Me pusiste en tres y dos”; “la reunión pica y se extiende”; “el hombre está corriendo por tercera”; “eso no sirvió, fue un foul a la malla”. 

El béisbol es uno de esos contenidos indispensables para seguir siendo lo que somos.

 

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