Aquel horrendo crimen del 27 de noviembre de 1871

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La tumba del señor Gonzalo de Castañón jamás fue profanada. Lo ocurrido la tarde del 24 de noviembre de 1871 en el cementerio de Espada fue un rapto de muchachos juguetones. Como el profesor Pablo Valencia García se demoraba en un examen en la Universidad de La Habana (entonces en O´Reilly y San Ignacio), varios alumnos del primer curso de Medicina decidieron asistir a las prácticas de disección del profesor Domingo Fernández Cuba.

Y no fueron todos los que se involucraron en la broma. Puntualmente se mencionan los nombres de cuatro jovencitos que tomaron el carromato donde se conducía a los cadáveres. Es probable que el custodio de camposanto, Vicente Cobas, los recriminara. Eran Anacleto Bermúdez González de Piñera, Ángel Laborde y Perera, José de Marcos y Medina, y Juan Pascual Rodríguez y Reyes. Entonces otro, Alonso Álvarez de la Campa y Gamba cortó una flor. Y el jardinero, por lo visto, agotada su poca paciencia, decidió vengarse de ellos.

Y se le ocurrió una falsa delación, cuyas consecuencias ni él mismo imaginó: que los estudiantes habían rallado el cristal de la tumba de Castañón, el conocido periodista, capitán del cuerpo de voluntarios de La Habana, muerto a manos de un cubano en Cayo Hueso. El caso llegó pronto al gobernador político Dionisio López Roberts, famoso por su costumbre de extorsionar.

López Roberts se personó en el cementerio y pretendió arrestar a los estudiantes del segundo año de Medicina. La actitud valerosa del profesor Juan Manuel Sánchez Bustamante y García del Barrio lo impidió. Pero en el primer año las cosas fueron diferentes: el doctor Valencia García sencillamente se acobardó y permitió que le arrestaran al grupo.

Sí, es casi seguro que el gobernador político pensara en lograr algún beneficio presionando a las familias de los muchachos. Pero los voluntarios se creyeron el cuento de la profanación. Eran bestias sedientas de sangre que, de paso, trataban de impedir cualquier transacción que salvara a los estudiantes y que le reportara dinero a López Roberts.

Y sobrevino el primer juicio cuyo dictamen no agradó a aquella jauría. Algunas fuentes sostienen que el abogado defensor de los estudiantes, Federico Capdevilla debió defenderse con su espada de la turba enardecida, y que fue sacado del escenario del juicio por sus compañeros de armas. Otro oficial español, el capitán Víctor Miravalles y Santa Olalla, que no compartía la idea de ejecutar a los jóvenes, salvó milagrosamente su vida, en fuga espectacular por azoteas y techos de La Habana.

Entonces aconteció el segundo juicio, con la composición exigida por los voluntarios, ya dueños de las calles. Los cuatro que jugaron con el carro fúnebre y el que cortó la flor, fueron los primeros condenados a muerte. El famoso cuerpo paramilitar al servicio del integrismo español estaba inconforme con la cifra, y reclamó quintarlos.

Integraban al primer año de Medicina 47 estudiantes. Aquel 24 de noviembre faltaron seis a clases. Por cada cinco, uno debía ser fusilado. De haber ese día un cien por ciento de asistencia, la justicia decimonónica española hubiera determinado nueve en vez de ocho. Las tres víctimas restantes se decidieron por sorteo: Carlos Augusto de la Torre y Madrigal, Eladio González Toledo, y Carlos Verdugo y Martínez. (Como se ha afirmado más de una vez, este último se encontraba en Matanzas con sus padres el día de los sucesos en el cementerio de Espada.)

El consejo de guerra firmó la sentencia a la una de la tarde de aquel terrible día 27 de noviembre de 1871, con la total anuencia del Segundo Cabo Romualdo Crespo. (El Capitán General Blas Diego de Villate y de la Hera, el Conde de Valmaseda, estaba ausente.) Poco antes de las 4:00 entraron en capilla. En la explanada de La Punta, de dos en dos, de espaldas y de rodillas, fueron fusilados a partir de las 4:20 por una escuadra al mando del capitán de voluntarios Ramón López de Ayala.

Muchos años después, trascendió el capítulo conmovedor de cinco negros abakuá que pretendieron valerosamente rescatar a los estudiantes de las manos de aquellos asesinos, y fueron masacrados en el intento. Los culpables se ocuparon de silenciar el hecho y de borrar sus nombres de la historia. Antes de morir, los estudiantes escribieron mensajes tan sencillos e inocentes como ellos mismos. Sus cadáveres debieron de ser objeto del escarnio de aquella horda criminal.

La autoridad hispana les negó a los familiares la entrega de los cuerpos, los que fueron enterrados fuera de los límites iniciales del cementerio de Colón, en aquel momento en su fase de apertura. En la partida asentada dos meses y medio después se consigna que fueron inhumados de limosna.

El cruel fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina, se inscribió en la cruenta guerra psicológica del colonialismo español, ante el eventual apoyo de la juventud a la causa de la independencia. La noticia, se sabe, agravó el estado de salud de José Martí, por entonces deportado en la península. Demostrar la inocencia de los jóvenes se convirtió casi en una obsesión para él.

Cumpliendo indicaciones suyas, Fermín Valdés Domínguez, su entrañable amigo, implicado en los sucesos, estuvo presente en el momento en que el hijo de Gonzalo de Castañón llegó a La Habana a buscar los restos de su padre. El joven negó rotundamente que la tumba del periodista y capitán del cuerpo de voluntarios hubiera sufrido daño alguno.

Aquellos inocentes ocuparon desde entonces la condición de hermanos del cubano más grande, y hallaron para siempre un hogar en el poema de un clásico imprescindible de las letras hispanoamericanas de todos los tiempos. Por ellos, “el espíritu crece/ el cielo se abre, el mundo se dilata/ y en medio de los mundos amanece”.

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