Antonio Maceo, el amor y Cuba

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Hay hombres que pueblan la historia, que se inscriben en sus páginas por su heroicidad, y llegan a nuestros días con tamaña fuerza que cautivan, inspiran y estremecen.

Antonio Maceo Grajales es de esos hombres que recurre siempre como símbolo, por su dignidad plena, por la fiereza en el combate, por las tantísimas heridas que surcaron su cuerpo, por la Protesta de Baraguá que marcó para siempre la voluntad de Cuba de no claudicar.

Pero este día, a diferencia de otros aniversarios quiero, más que hablar del héroe, hablar del ser humano, recordarle, más allá del gran guerrero que fue.

Llegó un 14 de junio de 1845, fruto del amor de Mariana y Marcos, de quienes aprendió el rigor del trabajo agrícola y el amor a la patria como finísimo alimento espiritual sustentado con sabia materna.

Cuentan los historiadores que era alto, fornido, de tez morena,  que tenía una dificultad en el habla, tartamudeaba,  y que fue capaz de corregirla por su carácter atildado y por cultivar maneras que se acercaban mucho a lo que sería su forma de pensar.

Se dice que hablaba  pausadamente, que se deleitaba con las lecturas de las obras de Víctor Hugo, el pensador más sólido de aquella época y de los poetas cubanos, sobre todo, José María Heredia, que tanto le impresionaba…

Poseía ciertas costumbres y hábitos que lo diferenciaban del cubano común no fumaba ni bebía; en esos tiempos de guerra dura y difícil, quienes lo conocieron se asombraban por su notable refinamiento, educación y cortesía

Su fortaleza alimentó el mito de su inmortalidad, su arrojo y prestigio suscitaron la envidia cobarde de quienes veían en la justeza de sus actos un estorbo para sus maquinaciones.

Enfrentó infames calumnias, que debieron dolerle más que las propias heridas físicas, pero siempre se mantuvo erguido,  intransigente e intolerante con la traición.

Fue Maceo un héroe, pero también un hombre apasionado, que llevó junto a su deber con la patria la ternura más estremecedora hacia la mujer amada.

 

A ella, María Cabrales, su esposa, escribió inolvidables cartas de amor:

 “En tu camino como en el mío, lleno de abrojos y espinas, se presentarán dificultades que solo tu virtud podrá vencer. “

Fue Antonio Maceo Grajales, un hombre que abraza la historia como un gran héroe, pero fue un terrenal, inteligente, apasionado, tierno, no ajeno a la envidia que tristemente aún en este siglo merodea a quienes brillan con luz propia.

Este día insisto en acercarme al ser humano que fue, al hombre de carne y huesos, buen tipo, culto, amoroso…

“La primera vez luchamos juntos por la libertad; ahora es precisoque luche solo haciendo por los dos. Si venzo, la gloria será para ti”.

Así escribió a su amada esposa María Cabrales. Ese era Antonio Maceo, llegue por siempre su luz a nuestros días.

 

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