A 150 años de aquella epopeya

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“…porque en Cuba solo ha habido una revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de Octubre de 1868. Y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes. No hay, desde luego, la menor duda de que Céspedes simbolizó el espíritu de los cubanos de aquella época, simbolizó la dignidad y la rebeldía de un pueblo —heterogéneo todavía— que comenzaba a nacer en la historia.

(Fidel, discurso 10 de octubre de 1968.)

Aquellos primeros días de octubre de 1868 fueron de altísima tensión entre los independentistas cubanos conscientes de la eficiencia de los servicios secretos de la metrópoli. Entre las tantas razones de los más decididos a alzarse lo más pronto posible era precisamente el peligro de la delación, de que el arresto de los principales líderes abortara el proyecto de la patria en ciernes. Y en la reunión de El Mijial del día cuatro, a propuesta de Vicente García González, se le pone al fin una fecha al alzamiento: el 14 del propio mes.

En representación de Carlos Manuel de Céspedes allí estuvo Jaime  Santiesteban Garcini, quien le transmite el acuerdo a su jefe. En la reunión de El Rosario del día seis no solamente se asume el plazo, sino que también se reitera una idea fija de los conspiradores: si alguien tenía que adelantarse por las razones que fueran, el resto estaba en la obligación de secundarlo.

Hasta hoy resulta muy popular la historia del telegrama del Capitán General Francisco Lersundi al teniente gobernador de Bayamo Julián Udaeta, donde entre otras cosas le escribió: “Cuba es de España y para España hay que conservarla gobierne quien gobierne. Reduzca a prisión a don Carlos Manuel de Céspedes, Francisco Vicente, Pedro Figueredo, Francisco Maceo Osorio, Francisco Javier de Céspedes…”

Eso de que “gobierne quien gobierne” en la península tenía una seria implicación, escasamente tratada en Cuba. Eran los días de “La Gloriosa”, la rebelión que comandaron Juan Bautista Topete, Juan Prim y Prats y el Duque de la Torre, contra Isabel II. Como se verá más tarde (Martí lo analiza en un ensayo ciertamente ejemplar), el destronamiento de la soberana ni el pretendido republicanismo español, jamás redundaron en el reconocimiento de los cubanos como pueblo.

Siempre se ha dicho que un pariente de Carlos Manuel de Céspedes, trabajador en el correo de Bayamo, interceptó la comunicación y lo alertó. Un historiador cubano, José Abreu Cardet, asegura que en los archivos constan todos los telegramas cursados por Lersundi durante esos días, y precisamente ese no está. Lo cierto que era la hora cero de la acción, y nadie perdería el tiempo ante el riesgo probable de precisar si la información no era real.

Y como hemos afirmado en otras ocasiones, el Grito del 10 de octubre fue quizá el único momento de aquella gesta en el cual los caudillos coincidieron casi unánimemente, sin cuestionar formas ni contenidos. Y el que no estuvo conforme, no halló espacio dentro de la Revolución. Fue el caso –lo apuntamos en otros trabajos—de Belisario Álvarez.

Y digo caudillos, sin prejuicios ni temor. La historiografía tradicional teje la urdimbre de una culpa terrible sobre ellos, y algún día habrá que vindicarlos a todos. En el 1868 solamente hubo revolución donde estaban los caudillos. En la maraña de tanta conceptualización filosófica, en la necesidad de demostrar la validez de leyes y de categorías, hemos olvidado el valor de las relaciones de familia, de liderazgo, y hasta de la importancia de ciertas figuras patriarcales en determinadas comarcas del país.

El 10 de octubre de 1868 responde todas las interrogantes posibles de la otredad, independientemente del calado político e ideológico del manifiesto suscrito en Demajagua. Éramos ya otros en relación con el español, y esa identidad ya cristalizada a lo largo de la dinámica histórico-social, se exponía en decisión de combate. Precisamente, la rebeldía y la lucha se refrendarían desde entonces como componente de lo cubano. La otredad, el reconocimiento del otro, la necesidad de defender en batalla ese sentimiento, tiene en la historia un día, del cual nos separan 150 años.

Y en el permanente reclamo de descubrir el alma de la nación, el sabio cubano don Fernando Ortiz significó el contrapunteo del tabaco y el azúcar. Y si son famosas aquellas páginas primigenias de vegueros sublevados, resulta demasiado simbólico que la alborada de la nación, su mensaje de guerra al mundo, se verificara en un ingenio.

Más de una vez se ha comentado de cierta inclemencia meteorológica que impidió un pronunciamiento más temprano. Tal vez eso explicaría que fue aproximadamente a las once de la mañana del 10 de octubre de 1868 que Céspedes reunió a sus esclavos, los declaró libres, pero sin obligarlos a que lo siguieran. Les pidió, eso sí, que lo hicieran voluntariamente.

El etnólogo cubano Miguel Barnet Lanza califica a la cubanidad como una síntesis de pigmentos y de ideas. El color cubano que dispuso luego el verso, está sin falta en la gama gloriosa de aquella jornada. Demajagua presentó al héroe en los anales de la formación de la patria. Los libros y la costumbre lo definen sencillamente el Padre. El 10 de octubre de 1868 lo regresa en la idea del patriarca querible, en la idiosincrasia de un pueblo, y no deja de ser el día que determinó el destino de millones en el paso infinito del tiempo.

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